Rosa Villacastín – El abanico – 20 A, otra fecha para recordar


MADRID, 21 (OTR/PRESS)

Lo que diferencía el accidente de Spanair que se produjo el miércoles en el aeropuerto de Madrid-Barajas, respecto a otros, es que en ese viaje hacia la muerte, viajaban familias enteras: padres, hijos, hermanos, amigos.

Todos embarcaron con ganas de llegar pronto a su destino, unos para encontrarse con sus familiares más cercanos, otros para comenzar unas vacaciones que llevaban tiempo planeando. Circunstancias todas que agravan aún más la dimensión de una catástrofe que nos cogió a todos con el pie cambiado, mientras disfrutabamos de la retransmisión de los Juegos Olímpicos.

No sé nada de aviones, ni me preocupa la marca cuando me subo a uno de ellos, sólo pido que la tripulación sea agradable y el comandante me lleve sin sobresaltos a mi destino. Justamente la semana pasada tomaba un Spanair de Málaga a Madrid y al dia siguiente otro de vuelta de la misma compañía.

En ningún momento sentí que mi vida corriera peligro, es más, me dormí a los cinco minutos de despegar y me desperté cuando estábamos aterrizando. Me ocurre siempre que viajo porque las probabilidades de que ocurra un accidente aereo son mínimas. Pero a veces ocurren y cuando ocurren, la tragedia nos envuelve a todos en una nube negra de pesimismo y dolor.

153 muertos es una cifra escalofriante, que se acerca bastante a la del 11M en número de fallecidos y drama humano. Pero si algo aprendimos de aquel atentado fue que las administraciones, los servicios sociales deben trabajar rápido y unidos, como así se hizo ayer. Algo que aprendieron los políticos que ayer acudieron al IFEMA.

Perder a un padre o una hermana siempre es doloroso, perderlos en un accidente de aviación o de coche -no olvidemos en estos momentos el elevadísimo número de personas que mueren a diario en accidentes de coches y el elevadisimo numero de personas que quedan discapacitados de por vida-, agrava la sensación de pérdida.

Reconocer los restos irreconocibles de sus seres queridos es un trago, una imagen que llevarán prendida en su retina no un día ni dos, sino años. De ahí que sea tan importante la labor de los psicóilogos, pues a ellos corresponde explicar a los familiares cómo afrontar el duelo.

Recomiendan los especialistas del alma que a la gente hay que dejarla llorar, desahogarse cuanto y como quiera, porque sino, llega un momento en que les falta el aire, en el que no pueden respirar porque el dolor se lo impide. Es la hora de la solidaridad, de volcarnos con todos los que iban en ese avión, como lo hicimos con los que perdieron la vida en Atocha. o en Santa Eugenia, o en el Pozo…

La administración ya ha empezado la investigación, para saber qué pasó y por qué a ese avión que dio la vuelta porque el comandante detectó algo raro en el panel que le indica si todo va bien o no. Alguien tendrá que explicar por qué se le permitió salir de nuevo a la pista, para segundos después convertirse en una bola de fuego.

Madrid ha demostrado que está preparado para hacer frente a una tragedia como la del miércoles en Barajas y como la del 11M en Atocha. Y tenemos que felicitarnos por ello. Todo el dinero que se emplee en modernizar los hospitales, los servicios de bomberos y de ambulancias será poco.

Pero no olvidemos el factor humano, tan importante porque sin ellos ni los hospitales funcionarían ni las mangueras de los bomberos apagarían por sí solas los fuegos. Que psicólogos de toda España se hayan aprestado para ayudar a los familiares llegados de Canarias o de otros lugares, demuestra que no hemos perdido el sentimiento de solidaridad, a Dios gracias.

Rosa Villacastín.

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