Rafael Torres – ¿Qué clase de accidente?


MADRID, 22 (OTR/PRESS)

La prudencia dicta contención al analizar las causas, y a los eventuales responsables de ellas, del espantoso accidente aéreo de Barajas, pero mientras avanza la investigación oficial, que bien pudiera hacerlo con lentitud exasperante, la contención no puede ser tanta que estorbe el libre discernimiento y la libre opinión sobre aquellos extremos que, por comprobados y objetivos, arrojan sospechas sobre la verdadera naturaleza del accidente que ha conmovido a la nación, salvo, al perecer, a Televisión Española, que emitió un partido de fútbol cuando aún humeaba el escenario del suceso y seguían extrayéndose cadáveres del fuselaje calcinado del avión de Spanair.

Esos hechos objetivos que no sólo pueden, sino que deben examinarse, son, fundamentalmente, dos: El primero, la abortada maniobra de despegue anterior a la que acabó trágicamente, a causa de una avería de la suficiente envergadura («no go») como para impedir despegar a la aeronave, y que aún nadie ha conseguido, de manera unívoca, especificar.

Y el segundo, la nota emitida dos horas antes de la catástrofe por la sección del sindicato de pilotos de Spanair, en la que se acusaba a la compañía de caos organizativo, de presiones para transgredir normas que pudieran afectar a la seguridad de pasajeros y tripulaciones, y de falta de diligencia en la renovación de la flota.

No se necesita ser retorcido ni avieso para no encontrar descabellada la idea de que esas dos circunstancias pudieran guardar estrecha relación con la tercera y fatal, la de la muerte de más de un centenar y medio de personas que viajaban en una máquina que, en cualquier caso, no estaba en condiciones de volar.

Mención aparte merece el tratamiento dado al suceso por las televisones, inexorablemente vencidas, salvo alguna excepción, al sensacionalismo más truculento y amarillo. Por su alcance y su inmediatez podría haberse esperado de ellas mayor respeto y mayor profundidad, mayor profesionalidad informativa en suma, pero se complacieron como siempre en el morbo y, cual se ha puesto de moda últimamente, en la apología de los servicios de socorro, que por no hacer sino lo que es su obligación no necesitan ni ditirambos ni publicidad.

Rafael Torres.

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