Fernando Jáuregui – No te va a gustar – Mirando hacia atrás quién sabe si con ira


MADRID, 2 (OTR/PRESS)

Supongo que casi todos tienen en su árbol genealógico algún muerto en la guerra civil y pienso que son muchos los que habrán llorado amargamente por algún episodio ocurrido en la feroz represión ocurrida tras la contienda. Porque represión hubo, y feroz, y, para colmo, nos fue escamoteada cuando a los niños que crecimos en el régimen anterior nos explicaron aquellos años azarosos. Setenta y tres años ya…

Hemos vivida estas décadas casi con el compromiso tácito de no desenterrarnos aquellos muertos, quizá para propiciar una reconciliación difícil; no es tarea sencilla recuperarse de una lucha fratricida en la que ambos bandos cometieron tantos horrores y, menos aún, convalecer de una posguerra en la que sobre los vencidos no cayó solamente la cruz de quién escribiría la Historia: el franquismo se encargó de escribirla y de que quienes perdieron fuesen muy conscientes de ello.

Pero la historia de los pueblos se alza sobre el perdón y, qué remedio a veces, sobre el olvido. La Historia no puede olvidarse, ya se sabe que para que no se repita. Pero tampoco conviene echársela a nadie a la cabeza.

Claro que hablo sobre esa irrupción de Baltasar Garzón -pero qué instinto periodístico tiene este juez, tan certero a la hora de saber qué noticia crear para hacer ruido- en la investigación de los «desaparecidos» en la guerra civil. No son desaparecidos -fuera eufemismos-, sino, simplemente, liquidados. Existen archivos de fusilados, de muertos de hambre en las cárceles, que se nos negaron durante años y que la inercia, la incuria o ese ya mentado deseo de no escarbar en el dolor, han hecho que permanezcan ahí, como vergonzoso testimonio de lo que nunca debió ser.

Creo que la gente tiene derecho a saber por qué sinrazón murió algún ser querido. No estoy tan seguro, empero, de que ahora convenga mucho a la estabilidad emocional colectiva ponerse a buscar en el cúmulo de los horrores, tan celosamente guardado por instituciones y colectivos a los que la verdad oficial obligaba a tapar la verdad real.

Creo que la tarea emprendida por Garzón, partiendo de la iniciativa de la ley de memoria histórica, puede ser una reparación, aunque tardía: solamente un juez como él puede emprender una empresa así.

Me parece, pues, procedente avanzar en la tarea. Pero con mucha cautela. Para que que la investigación no se convierta en un nuevo episodio del cainismo nacional. ¿Lo sabrá evitar Baltasar Garzón? Y, más importante: ¿lo sabremos evitar todos, comenzando por aquellos a quienes la iniciativa del juez tanto ha escandalizado?

Fernando Jáuregui.

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