El cordero de Troya


MADRID, (ABC)

Caminamos hacia precipicio. Y lo hacemos con cara de tontos y moralmente gratificados. No es algo inédito. Les pasó a los romanos, que vivían orgullosos de su Vía Apia, de su Pretor Peregrino, de su Circo y sus legiones y amanecieron un día en manos de los bárbaros, que no sabían leer ni les importaba.

Me comentaba el otro día Enrique Serbeto, con quien he compartido infinidad de antros en el Tercer Mundo, que en todos los sitios cuecen habas. Dice que en Bélgica, hasta han retirado de la dieta escolar una famosa salchicha local. Y no lo han hecho para combatir el colesterol o por cuestiones de paladar.

El motivo es que cada vez hay más niños musulmanes en la enseñanza pública y sus estrictos imanes se podrían enfadar.

Es casi lo mismo que ha empujado a una alcaldesa francesa a aceptar que la piscina municipal incluya en su programa horas en las que sólo pueden bañarse mujeres.

Y eso pasa en la laica Francia, donde hace un año la Asamblea Nacional prohibió con 494 votos a favor, 36 en contra y 31 abstenciones, la ostentación del velo islámico y otros símbolos religiosos en las escuelas.
Según cifras oficiales, los inmigrantes residentes en España son ya 3,5 millones y representan el 8% de la población.

El 2000 representaban el 2,3%, pero no dejemos que los números nos obnubilen. Lo esencial son las actitudes y es ahí donde erramos de plano.
Aquí, en aras del “mestizaje”, se carga en masa contra la directora de un colegio, si tiene la peregrina idea de sugerir que las niñas de origen magrebí no asistan a clase cubiertas con el hiyab.

Si hay que cambiar la dieta y adaptarla al Corán, se cambia, y lo mismo con la piscina.

Nuestro país parece estar pidiendo permanentemente perdón por supuestos pecados del pasado, recibe al inmigrante mirando al suelo, claudica en aras de la tolerancia y termina estimulando –como Francia, Bélgica, Holanda y otros-, que muchos de los que llegan no se integren jamás.

En este terreno, quizá deberíamos echar un vistazo a lo que ocurre en EEUU, donde con todos sus fallos funciona «The Melting Pot». La tesis es que todo inmigrante puede y debe transformarse en un ciudadano americano.

Ponen terribles trabas a la entrada, pero al que las sortea le enseñan la bandera, le dicen que es la más bonita del mundo, le mandan besarla, le muestran la Constitución, le recuerdan que hay que respetarla, le repiten que hay unos valores supremos como la libertad individual y le mandan que se busque honradamente la vida.

Y así sale gente, que no llega a perder su acento original, pero termine ejerciendo secretario de Estado, como Henry Kissinger.

ALFONSO ROJO

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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