José Cavero – Larga vida al César


MADRID, 5 (OTR/PRESS)

La información de cada día proporciona una especie permanente de ducha escocesa, agua fría-agua caliente. Nos desagrada vivamente y nos es altamente preocupante el dato del paro, pero en las horas siguientes puede consolarnos, en algún grado cuando menos, y aunque se trate de materia muy distinta y de otra naturaleza, la victoria del candidato Obama, que es mucho más que un nuevo inquilino de la Casa Blanca: es «el César» o «el emperador».

No es del todo «una broma» que haya muchos que pensemos que al presidente de los Estados Unidos de América debiéramos tener derecho a elegirlo, por ejemplo, los ciudadanos europeos, porque es bien conocida la influencia que «el imperio» ejerce en neustras política y en nuestra economía.

La de este «martes después del primer lunes de noviembre», como no podía ser de otro modo, ha resultado larga, larguísima, inacabable. Estaba por ver, en primer lugar, si triunfaba el deseo mayoritariamente expresado en las encuestas electorales. Esa era la primera cuestión a determinar: si las múltiples encuestas habían acertado al predesignar al sucesor del torpe Bush. Obama, desde el primer momento de su entrada en el escenario electoral, pareció rompedor y novedoso. Venía a ser diferente, distinto, traía aires nuevos. A muchos les parecía que venía a reencarnar una nueva etapa kennedyana, de mucha mayor ilusión global. «Un negro afroamericano, jamaicano o mulato, en la Casa Blanca», nada menos, se nos venía anunciando, que traería consigo aires nuevos, que quería terminar con los ocho años de un mandato desafortunado.

Naruralmente, hasta el último momento, y una vez que se fueron resolviendo las dudas que planteaban los Estados de Virginia, de Pensilvania, de Florida,d e Ohio, de Indiana…, no se pudo cantar victoria. Ni en los barrios negros de la América profunda ni en muchos ambientes intelectuales europeos que tenían el mismo vivo deseo: Obama for president…

Sobre todo, decían los expertos que se hacía imprescindible superar el llamado «efecto Bradley», el voto oculto anti-negro de muchos americanos que, sin atreverse a proclamar sus intenciones de voto, sin embargo, no terminaron de decidirse por el candidato de color que se creyo vencedor garantizado en la alcaldía de los Algeles hace una décana. El efecto Bradley mantuvo «las espadas en alto» durante buena parte de la madrugada, y cuando empezaban a recontarse los muchísimos votos emitidos. En eso sí había clara constancia de que el pueblo americano quería cambiar drásticamente, votando masivamente.

José Cavero.

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