Agustín Jiménez – Parábola del niño gordo


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

¿Hay alguien tan idiota que crea posible o aconsejable que los niños crezcan indefinidamente? Pues sí. Los economistas creen posible y deseable que la economía engorde sin parar. Un puñado de capitostes y ministros -entre ellos, los representantes de la octava economía del mundo- fueron a Washington a comerse un cordero, quedar para comerse otro y coordinarse para seguir engordando al niño, que no les come. Imaginamos a Solbes discutiendo del problema con sus colegas: una reunión de amas de cría. De música de fondo, un mensaje de Bush. Le huelen los pies a camino pero tuvo tiempo para una de sus ocurrencias: «No hay que dudar del capitalismo». Aznar, en «Le Figaro», lo ha llamado «Faro de occidente» o algo así.

De todas las verborreas públicas, la economía es la que mas metáforas despliega. Los precios «suben» o «bajan» como ascensores, las situaciones se «estancan» en variadas ciénagas, las empresas se «rescatan» como en los cuentos de Sandokan, los países se «hunden en recesión» (el último, Japón), los banqueros comercian con «bonos basura» o «activos tóxicos», diversos figurantes actúan de «osos» o de «toros» y las empresas, tras ampliar capital (la última, en primera página, con regocijo de la competencia, la del Santander) anuncian para diciembre un masivo regalo de Navidad: «adelgazar» plantilla.

Los economistas siempre hablan en clave pero lo del crecimiento es totalmente abstruso. Al parecer, cada vez que pasa un camión echando humos, que bulle de polvo una cantera, que la tele arde anunciando mercancías sin utilidad, que nos paseamos por supermercados restallantes de formas, colorines y música de altavoces, como en los desfiles, es que el niño esta creciendo.

Al niño nunca se le ha visto. Debe de vivir en un sótano del Banco de España. Pero nos desvelamos por él. Cambiamos de televisor en vez de arreglarlo, ponemos la calefacción en vez de ponernos un jersey, gastamos petróleo por un tubo para ayudar a los pobres de la OPEC, bebemos agua peor que la del grifo pero en botella y comemos sin hambre, como quien va al Bulli. Comiendo imitamos a la naturaleza: aumentamos las emisiones de excrementos, interesante fuente de orondos recursos que heredara el niño.

Parece que lo que más engorda al niño es que tengamos mucho dinero. El último truco ha sido inflar los precios. Lo mismo valía más y seguir en el mismo sitio pero el precio aumentaba y el dueño se hacía rico. Ahora han dicho Zapatero y Solbes que eso no, que eso hay que regularlo un poco.

Agustín Jiménez.

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