Rafael Torres – Caballeros


MADRID, 2 (OTR/PRESS)

De la compatibilidad entre la alegría por el triunfo y la pena por la derrota del adversario nace, cuando menos en el deporte, el caballero. El tenista Rafael Nadal, un chico muy joven, ha venido, por lo visto, a revolucionar su especialidad deportiva mediante una muy bien trabada combinación de fuerza y técnica, pero más importante que eso es que ha venido también a resucitar la caballerosidad deportiva, que no es que pareciera haberse extinguido, sino que, en efecto, se había extinguido absolutamente.

De caballerosidad natural, espontánea, verdadera, no ampulosa, ni teatral, ni fingida, vino Rafael Nadal a ofrecer una lección magistral al término de su partido en la final del Open de Australia, cuando, compungido de veras por el sofocón del rival al que acababa de destronar del todo, le pidió perdón humildemente, sinceramente, por haberle ganado. Antes de eso, su adversario, Roger Federer, el campeón caído, había exhibido también sus maneras de caballero al retener el micrófono hasta que se le pasara el llanto, pues no quería, so capa de su aflicción, pronunciar él las últimas palabras, reservadas al nuevo campeón.

Sin embargo, si el suceso resultó, además de edificante y emotivo, espectacular, fue porque el público asistente no era un caballero, por más que entre él pudiera hallarse, seguramente, alguno.

Cuando Nadal, que tiene tan interiorizada su obligación de ganar como la de saber hacerlo, pidió perdón a Federer de corazón, el público, nada acostumbrado a ese refinamiento del espíritu y de la educación en las canchas, rompió a reir como si el tenista español estuviera de coña. Pero no lo estaba: había ganado, y la mejor prueba de que lo merecía era, en ese instante, lo mucho que, de verdad, le pesaba.

Rafael Torres.

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