Luis del Val – «…Pero es nuestro corrupto»


MADRID, 9 (OTR/PRESS)

Cuentan que Henry Kissinger, en cierta ocasión, al censurarle sobre los desmanes que llevaba cabo Sadam Hussein, adujo como argumento convincente y exculpatorio: «Sí, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta».

Los partidos políticos españoles, sin ninguna excepción, parecen seguir ese principio con los corruptos que afloran en su seno, y que responden a una ley estadística, porque el porcentaje de corruptos, como el de hijos de puta, mantiene pocas variables excepto en ambientes insólitos, como los misioneros del tercer mundo. Quiero decir que no tiene por qué descender el cociente de corruptos entre los militantes de un partido político, como tampoco desciende, ni asciende, entre el gremio de veterinarios, los empleados de hostelería o los cultivadores de espárragos.

Ningún partido político es culpable de que en su seno se descubra un corrupto, pero sí lo es de dilatar, disimular, exculpar, justificar y contraatacar a los descubridores, como el tonto descubierto por los orientales que culpan de la llaga al que la señala.

Hay una sociedad sacrificada que afronta el desempleo o la reducción de jornada sin meter la mano en la cartera del vecino. Y hay otra sociedad obscenamente inmoral, que derrocha el dinero que ha salido de los bolsillos de esas resignadas personas, o alteran el precio de las cosas para hacerse con un plan de pensiones que les garanticen el marisco y el caviar tras la jubilación.

A mí no me indigna el descubrimiento de un corrupto de la misma manera que no me sorprende encontrarme con un hijo de puta. Lo que me encoleriza y me solivianta es la dulce pasividad de los partidos políticos, la suicida permisividad en la que más allá de presunción de inocencia muestran que, aun sabiendo que corruptos, los protegen porque «son nuestros corruptos».

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