Fernando Jáuregui – No te va a gustar – Rizos en la nuca


MADRID, 10 (OTR/PRESS)

Me voy a permitir transcribir unos párrafos, escritos en un diario nacional por una colega a la que por lo demás admiro, en los que define a Francisco Correa, el presunto jefe de la presunta trama de presunta corrupción en Madrid, Valencia, Galicia y Andalucía, que tanta tinta está haciendo correr estos días:

«Era un tío espabilado, atrevido, proclive a las fantasmadas, presumido, ambicioso y quería ser rico. Por utilizar una palabra que le cuadra muy bien y que ha sido utilizada muchas veces para referirse a él, Paco Correa era un auténtico chulo. Su pinta lo delataba, con el pelo engominado y los rizos en la nuca». Es apenas una parte de la crónica descriptiva de alguien a quien se ha presentado casi como un peligroso presunto delincuente.

¿Hasta qué punto estamos los periodistas autorizados a imponer una pena infamante a quien debemos presunción de inocencia? ¿Hasta dónde puede un juez levantar una polvareda semejante que tanto afecta al honor más íntimo de una persona? ¿Es delito -más allá de la discutible estética– tener rizos en la nuca, basta eso para contribuir a echar toneladas de basura encima de alguien?

Espero que nadie interprete que los nombres que han ido apareciendo en este doble (que podría ser el mismo) caso de espionaje-corrupción me son simpáticos, o que yo predique la menor tolerancia hacia presuntos delitos de cohecho, tráfico de influencias, asociación ilícita(¿) o incumplimiento fiscal, que es lo que parece que se imputa a Correa y a su socio Alvaro Pérez. No me son simpáticos en absoluto. Ni me gustan los rizos en la nuca ni los bigotes vanos. Pero no sé si eso debe influirnos a la hora de dictar un veredicto en la prensa. ¿De qué exactamente están acusados? ¿De organizar eventos para el Partido Popular? ¿De encarecer los precios, de hacer que dirigentes del partido presionasen para que fuese a los citados y a sus empresas a quienes se otorgasen los contratos? Poca cosa es, si se tienen en cuenta los malhadados usos y costumbres del ruedo político nacional.

No digo yo que el juez Garzón se haya equivocado. Ni siquiera que se haya precipitado, como ocurrió en otras ocasiones. Le tengo respeto y, a veces, hasta admiración. Menos aún puedo abonar que el principal partido de la oposición se lance a sugerir que el juez prevarica, que el fiscal general del Estado interviene sin causa para hacer un favor preelectoral al gobierno, que el periodista que desvela estas cosas es un vendido o un incompetente; alegar todo esto para defenderse de la avalancha, como ha hecho algún dirigente del Partido Popular, me parece un error y hasta una irresponsabilidad.

Pero sí digo que las cosas están mal explicadas, sobre todo por el juez, y que la dimisión, tan agradecida y valorada por su jefa, de un consejero de la Comunidad de Madrid, y las de un alcalde y del gerente de un mercado municipal no sirven para disipar el olor nauseabundo que se ha extendido sobre la política oficial madrileña. Tal y como se presentan los hechos, me da la impresión de que puede que algún periódico haya exagerado el caso, que algún juez haya buscado nuevas puntas a sus estrellas magnificando un «affaire» políticamente lamentable, pero penalmente poco relevante. Y hasta puede que el propio PP se haya equivocado diametralmente -no es «rara avis», por cierto– en su estrategia de comunicación.

No puedo presumir de contar con información privilegiada alguna en torno a lo que obviamente está pasando -porque «algo» está pasando– en los dichosos cenáculos y mentideros de la Villa y Corte. Rumores y hasta algunas evidencias de irregularidades en algún municipio sí existían. Pero ni a Correa ni a Pérez se les imputa, que se sepa, por ello. La filtración, sin duda interesada, del sumario, habla de conversaciones telefónicas chulescas, amenazantes y hasta sospechosas, pero dudo de que eso pueda constituir una base lo suficientemente sólida para organizar la que se ha organizado en torno a estos dos personajes tan propios de la picaresca cercana al entonces poder.

Me quedo, quizá injustamente, con la sensación de que aquí han pagado -hasta ahora_ los más chulos y los del rizo engominado en la nuca. Es decir, los más tontos, los que siempre se colocan en la punta del iceberg, que es lo que primero se derrite.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Lo más leído