Fernando Jáuregui – Campañas poco democráticas (y, encima, aburridas)


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

Nada, que nuestros partidos políticos no han aprendido nada de otras campañas electorales. ¿Recuerda usted cómo vibrábamos con los emocionantes «cara a cara» entre Hillary Clinton y Obama? ¿Con los debates entre el actual presidente norteamericano y el republicano McCain? No voy a cometer la desmesura de comparar esos hitos de la comunicación política con lo que anda por estos pagos, pero sí quiero hacer un apunte de la marcha de las dos campañas electorales autonómicas que están en marcha aquí y ahora.

Recientemente pasé algunos días en Galicia y ahora escribo desde el País Vasco, donde también trato, como comentarista, de «tomar la temperatura» política a diez días de las elecciones. El último aldabonazo en la campana que tañe, fúnebre, por la imaginación y el arrojo de toda una clase política -siento tener que generalizar, que ya sé que es peligroso- han sido los debates televisivos. O, más bien, la falta de ellos. No habrá, salvo que alguien con determinación y buena voluntad lo remedie, un «debate a dos» -Ibarretxe, Patxi López- en Euskadi, ni lo habrá tampoco -Pérez Touriño-Núñez Feijoo- en Galicia. Todos proponen otras fórmulas, también posibles y deseables -debate a seis en el País Vasco, a tres en Galicia-, pero no incompatibles con el siempre dramático, interesantísimo, puede que decisivo, torneo entre los dos candidatos capaces de alcanzar el gobierno.

Intereses partidistas, sectarismo, ventajismo y miedo son los elementos que impiden estos «cara a cara» en los que los electores puedan apreciar el encontronazo entre programas, talantes y talentos. El espectáculo mediático, en política, es bueno: hay que movilizar a la ciudadanía hacia las urnas, y no será con los insulsos y ya tópicos mítines, en los que hay más referencias a cacerías de ministros y corruptelas en Madrid que a los intereses de las comunidades en liza, como tal movilización se produzca.

La reglamentación legal de los encuentros televisivos en las campañas electorales, tanto en las cadenas privadas como, especialmente, en las públicas -son, por cierto, lamentables las explicaciones de la televisión pública gallega para justificar que no haya encuentro a dos entre el candidato socialista y el popular-, debería ser obligatoria desde hace años. Redundaría en pro de la igualdad de oportunidades y serviría, quizá, para ilusionar a los españoles en torno a su clase política. O acaso para desilusionarlos definitivamente; puede que sea eso lo que, en el fondo, temen quienes tratan de escaquearse.

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