Fernando Jáuregui (1) – 28 años ya de aquel 23-F… y ahora, ¿que?


MADRID, 21 (OTR/PRESS)

Claro que entonces todo era peor…

Pasan muchas, demasiadas sin duda, cosas desconcertantes. Enumeremos: se habla de espionajes, de corruptelas y corrupciones, de cacerías, de tramas contra un partido, de vuelcos posibles en el nacionalismo vasco, de pérdidas de «campeones nacionales» en la energía, de tomas de cajas de ahorros: todo ello lo iré desgranando a continuación, si usted me lo permite. Para colmo, a primera hora de la mañana de este sábado, una cadena de radio nos alertaba sobre la detención en Francia del cabecilla «militar» de ETA, noticia prontamente desmentida desde el Ministerio del Interior. Todo ello, precisamente, cuando la policía está en máxima alerta en el último fin de semana de la campaña electoral vasca, que, se supone, irá adquiriendo un cierto protagonismo hasta el 1 de marzo, en detrimento de los Garzón, Bermejo, Camps, Aguirre y Rajoy.

Trato de ordenar en mi bloc de notas todo este caótico revoltijo de actualidad y caigo en la cuenta de que este lunes tiene lugar un nuevo aniversario de aquel suceso lamentable, el intento de asalto al Congreso de los Diputados por parte de un grupo de guardias civiles al mando del, hoy, ex teniente coronel Antonio Tejero. Un vergonzoso y afortunadamente frustrado golpe de Estado de opereta, rememorado estos días para nuestros hijos en algún admirable trabajo televisivo. En aquellos días, Endesa, creada en 1944, era ya, de hecho, casi un campeón nacional de la energía; uno ya era periodista con algunos años de experiencia, lo mismo que tantos colegas que ahora participan en tertulias y columnas; Garzón estaba a punto de aprobar las oposiciones para juez (aprobó en octubre), Mariano Fernández Bermejo ya era fiscal. Y todos luchábamos contra ETA, que cometía un asesinato a la semana. El presidente Suárez acababa de dimitir por motivos que nunca han quedado del todo explicados, el mismo Rey que ahora acaba de regresar de Miami, aceptaba su renuncia y se abría una incertidumbre política que producía no poca angustia en la ciudadanía, atenazada por el fantasma de un regreso, de mano militar, a la dictadura.

Quiero decir con esta introducción que entonces, hace veintiocho años, todo estaba mucho peor que ahora. Pero que el ánimo ciudadano, en un país que no soñaba siquiera con el despegue económico, estaba, no obstante, igual de estupefacto que ahora, cuando los militares mantienen un comportamiento ejemplar, los guardias civiles detienen -pese a este episodio de desmentido del etarra «Aitor», lástima- puntualmente a los criminales de lo que queda de ETA, los procesos electorales se desarrollan con normalidad y los españoles han alcanzado, pese a todo, un grado de bienestar desconocido en la historia de nuestro país. Aquel 23 de febrero de 1981, la tasa comparativa de paro real era, desde luego, muy superior a la actual.

¿Qué hacía entonces Garzón?

Claro que el hombre que este sábado protagonizaba todas las portadas de los periódicos aún no era conocido. Baltasar Garzón estaba a punto de aprobar -lo hizo ese mismo año- las oposiciones a juez. Iba a seguir una fulgurante carrera, que acaso esté ahora a punto de experimentar un frenazo. Sus últimos pasos, que a muchos parecen polémicos, parecen alejarle de su más reciente ambición, presidir la Audiencia Nacional, en la que actualmente se desempeña. Esta semana próxima se inhibirá, tras una trepidante instrucción, en la «operación Gürtel», el caso de presunta corrupción en Madrid y Valencia que ha conmocionado los cimientos del Partido Popular precisamente casi en vísperas de unas elecciones autonómicas, en el País Vasco y en Galicia, en las que algunos dicen -¿ o desean?- que el máximo dirigente del partido, Mariano Rajoy, que en 1981 estaba a punto de ser diputado en las primeras elecciones autonómicas gallegas, que se celebraron en octubre de aquel año, se juega ahora el cuello político.

Cosa, por lo demás, bien extraña. Este sábado algún periódico publica sondeos en los que se dice que Rajoy es el más afectado por unos escándalos, en las comunidades de Madrid y Valencia, a los que él es patente y totalmente ajeno, aunque alguno de sus subordinados acaso no lo sea tanto. Resulta curioso que Rajoy pudiera quedar «tocado» por unos «affaires» en los que ni el PP, como tal, ni, desde luego, él mismo, tienen nada que ver. El caso es que el líder de la oposición -¿llegará en esta misma condición a las elecciones de 2012?- recorre enloquecidamente sus tierras gallegas en busca de la ansiada mayoría absoluta para su candidato, Alberto Núñez Feijoo. Pero no viaja tanto, en cambio, al País Vasco, donde el «popular» Antonio Basagoiti, pese a las malas perspectivas que le dan las encuestas, acaricia la posibilidad de obtener una posición influyente a la hora de echar a Ibarretxe, apoyando desde fuera a los socialistas, del sillón de Ajuria Enea.

¿Qué hacía entonces Bermejo?

En 1981, Mariano Fernández Bermejo, que llevaba ya cinco años en la carrera, estaba a punto de convertirse en teniente fiscal de la Audiencia Provincial de Segovia (ocurrió en noviembre) y, según sus propias declaraciones, era ya un buen aficionado a la caza. El deporte que le ha terminado de perder, lo que no deja de ser anecdótico ni chusco. Caerá, sin duda, en la primera remodelación ministerial que ponga en marcha José Luis Rodríguez Zapatero -que, por cierto, en 1981, con veintiún años, acababa de ingresar en las Juventudes Socialistas-. La pregunta es si el presidente del Gobierno logrará aguantar hasta después de las elecciones de junio para realizar los que unánimemente se consideran imprescindibles cambios en el elenco ministerial. El titular de Justicia, que es sin duda un «duro», aguanta con desplante torero el chaparrón, que, sin embargo, Garzón ha soportado, lamentablemente, peor: ha estado al borde de sufrir un serio infarto, aunque por fortuna se halle fuera de peligro, me dicen.

Bermejo, sometido a una implacable cacería por parte de la oposición, y de todas las asociaciones judiciales, que han hecho historia con su primera huelga precisamente en esta etapa, es, sin duda, el ministro más quemado. Pero ni mucho menos el único. Ni mucho menos.

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