Luis del Val – La encrucijada vasca


MADRID, 26 (OTR/PRESS)

La inmensa simpatía que suscitan los vascos en toda España podría decirse que es directamente proporcional a la repugnancia que provocan ETA y los cómplices de su entorno. Como en cualquier colectivo, en el complicado cosmos abertzale habrá personas honestas, espirales de odio que provienen de la detención de un hijo, de un sobrino, incluso equivocaciones honradas, porque no me puedo creer que en el País Vasco existan cerca de doscientos mil descerebrados.

Ahora bien, esas caras hoscas a las que injustamente se denomina como «las nekanes», esos rostros torvos que exhiben las pancartas como si fueran ametralladoras -y, a veces, lo son- provocan tal repugnancia que no sólo ha suscitado rechazo en la Península, Baleares y Canarias, sino que han obligado a miles de vascos a exiliarse de su ciudad y de su pueblo, porque no podían soportar la asfixia tejida entre la dialéctica para consumo exterior y la contemporización con el terrorismo interior, siempre oscuro, siempre sospechoso, siempre con esa viscosidad que poseen las materias grasientas.

He conocido a tipos del PNV estupendos. Me acuerdo de Ardanza, por ejemplo. Pero el conjunto de la labor del PNV no es para ponerse medallas, porque después de años y años de gobierno, desde aquél día en que el PSOE, acomplejado, le cedió el poder al PNV, es el único territorio de Europa donde hay miedo, dónde la gente huye de presentarse a una lista electoral, donde los policías llevan capucha para no ser reconocido, por la terrible tergiversación de que un policía que defiende las leyes es un opresor.

Y, por muy comprometido que sea, y muy irreverente, los muertos allí los han puesto siempre el PSOE y el PP, o el PP y el PSOE. Esa es la cruda realidad. La otra es el veredicto de las urnas, que los demócratas acataremos, aunque sepamos que los de la bomba seguirán con su discurso sansoniano de muerte para todos.

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