Fernando Jáuregui – No te va a gustar. El superAudi.


MADRID, 3 (OTR/PRESS)

El «Audi grande» ha sido, en España, símbolo de poderío, de buen estatus económico, de ordeno y mando. Si, encima, tiene los cristales tintados, es negro y reluciente y va conducido por un chófer que lleva a su lado a un señor con aspecto de escolta, signo inequívoco de que el coche alberga a un banquero, a un empresario importante o, más probable, a un político que acumula una buena dosis de poder. El colmo de los colmos se da ya cuando el Audi grande está blindado y su precio alcanza cotas próximas al medio millón de euros: es entonces cuando nos hallamos ante la convicción de que ese vehículo transporta a una muy alta dignidad del Estado.

Ahora, quien va a ser inminente presidente de la Xunta gallega, don Alberto Núñez Feijoo, anuncia que una de sus primeras medidas de gobierno será vender el carísimo Audi oficial que compró, blindó y utilizó su antecesor. Una maravilla de la técnica, dijo un ingenioso, que ha costado más que el coche del mismísimo Obama (no puedo garantizar que sea verdad, pero la comparación ha costado sin duda muchos votos al señor Pérez Touriño).

Claro que desapruebo los despilfarros que, por regla general, una buena parte de nuestra clase política, y el hasta ahora presidente de la Xunta en particular, tiene a bien practicar de manera habitual, con o sin crisis económica. Esta sensación de que el dinero público no es de nadie me parece uno de los vicios tremendos que corroe nuestro -y no solamente el nuestro_ sistema.

Pero entiendo que algo de gesto de cara a la galería hay en el anuncio «Se vende Audi en buen estado» que se ha colocado -simbólicamente, espero que se me entienda- a la puerta de la futura Xunta; está claro que nadie lo va a comprar, con la que está cayendo en el sector del automóvil. Y, ya que estoy en ello, y sin que guarde relación con la compra-venta de coches usados, me veo en la necesidad de añadir que tiene algo de deplorable el espectáculo de tantos pelotas de antaño haciendo ahora leña del árbol-Touriño caído, así como el de quienes aseguran que la victoria se les debe a ellos casi en exclusiva -y no al candidato y a los electores–. O el de aquellos que acuden presurosos y solícitos en socorro del vencedor.

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