Francisco Muro de Iscar – Diez años de recesión.


MADRID, 17 (OTR/PRESS)

El economista estadounidense y Premio Nóbel de Economía 2008, Paul Krugman, ha advertido en Madrid que nos enfrentamos a una crisis «extraordinaria» y que se agotan las «herramientas convencionales», que hasta ahora se han utilizado para salir de las crisis, y ha recomendado que los países lleven a cabo políticas más «drásticas». En lo referente a España, el economista se ha referido a las debilidades específicas de nuestra economía -caída de la actividad en el sector de la construcción, déficit por cuenta corriente, excesivo endeudamiento de administraciones, empresas y familias- y no ha mostrado ningún optimismo sobre la salida de la crisis. Por eso sorprende que el presidente Zapatero y sus ministros estuvieran tan sonrientes en la foto con Krugman. ¿De qué se reían?

Krugman, como casi todos los agentes sociales y económicos españoles, que conocen nuestra economía mejor que él aunque no sean premios Nóbel, reclama reformas estructurales que el Gobierno no es capaz de hacer con consenso y que tampoco quiere abordar sólo porque no está dispuesto a pagar el coste social que tendría. El Círculo de Empresarios acaba de recordar que no somos competitivos y, además, hemos perdido posiciones en el ranking entre 2002 y 2007, pasando del puesto 22 al 29, que es donde estábamos más o menos ¡en 1995! Ese ranking del World Economic Forum se basa en tres criterios: comercio exterior, inversión en I+D y generación de patentes. En los tres suspendemos porque nuestra balanza comercial es una ruina, la inversión en I+D sigue siendo insuficiente y las patentes propias, especialmente las que se demuestran útiles para su aplicación, son muy bajas y acabamos pagando royalties a los que innovan y lo hacen bien.

El Gobierno y los sindicatos hablan de «cambiar el modelo productivo», pero eso está muy bien para los programas electorales o para los anuncios publicitarios. ¿Cómo se hace ahora, con urgencias y sin ideas? Sin duda todos coinciden en que hay que cambiar el modelo educativo, porque el que tenemos ha demostrado su rotundo fracaso y de esos lodos vienen muchos de los barros que lastran nuestra competitividad. Cambiar un modelo educativo sin consenso y sin criterios válidos nos puede llevar a peores posiciones en el mundo. Y tarda mucho.

Por eso, mientras alguien hace algo en serio, habría que tomar medidas de emergencia. Es posible que haya que hablar de congelar o de bajar los salarios y los precios, de potenciar realmente la productividad, de incentivar la contratación mediante políticas activas, de facilitar liquidez -sin timos- a las familias y a las empresas, de rigor presupuestario en las Administraciones. Pero el ministro Corbacho, por ejemplo, sugiere una nueva paga a los parados «cofinanciada por las comunidades autónomas» que, estoy seguro, ni siquiera habrán sido consultadas y que, si lo son van a ir haciendo cortes de manga como posesas. Si seguimos centrados sólo en asegurar el subsidio a los desempleados -que hay que hacerlo- y no incentivamos el empleo con inteligencia, los diez años de dura recesión que pronostica Emilio Ontiveros, que de España sabe más que Krugman, se van a quedar cortos.

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