Victoria Lafora – Los cobardes.


MADRID, 8 (OTR/PRESS)

En un poema con este título –«Los cobardes»–, Miguel Hernández dibujaba magistralmente el perfil de unos hombres cuya cobardía le dolía «desde hace tiempo en los cojones del alma». Y es muy difícil expresar mejor, con tanta contundencia y tanto tino, el dolor que deben estar experimentando los familiares y los amigos de las víctimas del Yakolev 42. La actitud que están mostrado en el juicio –dentro de la sala o alejados de ella– alguno de los personajes relacionados con el terrible accidente, debe tener sumidas a las víctimas en ese interminable duelo que atraviesan desde el 26 de mayo de 2003 y donde el dolor se mezcla con la rabia y la incredulidad. Porque los padres y hermanos y esposas y amigos de los 62 militares muertos no pueden creer lo que están viendo: generales que mienten con zafiedad, gentes a quien el valor se le supone, escudándose en las trincheras de la desmemoria o el embuste, o políticos que acostumbran a ejercer de salva patrias y «comisarios de la alarma», y ahora permanecen camuflados en las bancadas de la indiferencia.

Incredulidad y rabia y dolor, también por quienes se esconden en un espeso silencio –«compañeros del alma»– y que deberían estar junto a las familias de los 62, abrazándolas, dándoles su aliento, acompañándolas frente a la injusticia, aunque solo fuera porque ellos mismos podrían haber estado a bordo de aquel siniestro avión, y sus familias, las que hoy callan, haber sentido el trato despreciable que sintieron las víctimas.

Incredulidad y rabia y dolor, ante ese sector de la sociedad que ha descubierto de pronto la calle como plataforma y altavoz de sus protestas, pero que hoy no dice nada, y permanece alejado de un problema que debería ser suyo, que debería ser de todos.

Como escribía el profesor Manuel Cruz, en su magnífico artículo «El obsceno festín del sufrimiento», el juicio sobre la Jak-42 evidencia que cierto sector, tan enfático en sus proclamas de solidaridad con otras víctimas, manifiesta su total indiferencia hacia las de este accidente porque no les son útiles políticamente.

Y así, entre la incredulidad, la rabia y el dolor, casi en soledad, a estas víctimas se les alarga y agiganta la fase más aguda de su duelo. Por culpa de quienes «Valientemente se esconden, gallardamente se escapan del campo de los peligros, estas fugitivas cacas, que me duelen hace tiempo en los cojones del alma». Miguel Hernández.

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