El pretencioso cine español

Miguel Higueras.- Los que se dedican al cine en España, y viven más de las subvenciones que de las entradas que venden sus películas, buscan y no encuentran culpables de su fracaso.
Les bastaría, para descubrirlos, con mirarse al espejo.
Es verdad que las películas extranjeras, sobre todo las norteamericanas, tienen presupuestos más cuantiosos, las favorece una más amplia distribución y, en su promoción, gastan más que las nacionales.
Pero siendo verdad todo eso, no son esas las únicas razones por las que los españoles hacen colas para verlas y huyen de las salas que exhiben películas españolas.
Que los cineastas españoles busquen en la semántica el motivo de su penuria y el de la opulencia de sus colegas de Estados Unidos:
Los que se dedican al cine en Hollywood se consideran a sí mismos, simplemente, trabajadores del show business, gente del espectáculo, mientras que sus engreídos colegas españoles se proclaman impulsores de la cultura.
Hasta el más inexperto de los actores españoles, aunque solo preste el sonido de su voz a las palabras del argumentista y se limite a acomodar sus gestos a lo que el director le ordene, se considera protagonista cultural.
Ese engreimiento semántico, por el que pretenciosamente han pasado del oficio de cómicos al de creadores de cultura, puede que tenga que ver con el cambio de fortuna de los cineastas españoles y con el creciente distanciamiento de los espectadores de lo que les ofrecen.
Porque, como intelectuales y agentes culturales, los cineastas españoles derivaron hacia la tentación de modular y dirigir los gustos de los espectadores en vez de ofrecerles, simplemente, lo que los espectadores quieren y les gusta.
La misión que se han impuesto, sin que nadie se lo pida, es la de elevar el nivel intelectual de los españoles, sacándolos del error complaciente con el que la dictadura fascista los había embrutecido. Quieren que el cine adoctrine a los espectadores para que miren a la realidad como ellos quieren que sea.
Los cineastas españoles desmontan el mundo artificial y mojigato de las películas intrascendentes propiciadas por la Dictadura, para lo que convierten en victoria la derrota que sufrieron las ideas republicanas en la guerra civil.
Quieren hacer un cine diferente, que forme conciencias comprometidas , acepte su visión de la realidad social y abra brecha para que en la vida española irrumpa una sociedad nueva y progresista.
Se les contagió la pretensión de todos los déspotas—Stalin, Hitler, Mussolini, Franco, Mao, Fidel Castro o Pol Pot—de crear un “hombre nuevo” a su capricho, para reemplazar al hombre común que acudía a ver a Sara Montiel, Manolo Escobar, Alfredo Landa o Joselito.
Los autonombrados agentes culturales quieren que los espectadores vayan a sus películas para sufrir la angustia del fracaso de sus ideales utópicos, pero los españoles se empecinan en acudir al cine como simple pasatiempo.
Por eso prefieren las películas que les sirve la gente del show business, el negocio del espectáculo, y los ahuyentan los sucedáneos de angustias progresistas que atormentan a los cultos actores, directores y guionistas de cine español.
Es un capricho que la cinematografía española puede permitirse, mientras lo pague el gobierno que los apadrina con el dinero que saca a los que prefieren un cine que entretenga.
Si quieren realmente que el público español vaya a ver sus películas, que recuerden que “Los otros”, “La gran aventura de Mortadelo y Filemón”, “Torrente, misión en Marbella” y “El Orfanato” han sido, hasta ahora, las que más dinero han recaudado.
Para que las salas se llenaran, ninguna tuvo que justificar la derrota republicana en la guerra civil ni promocionar un hombre nuevo, afín a la progresía que profesan los cultos cineastas españoles..

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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