Mejor sonrisas que lágrimas

Miguel Higueras.- En estos días primaverales de tiempo tan voluble como una mocita enamoradiza, obsesionarse con los nubarrones que los profetas vaticinan para el futuro previsible es, además de una perturbación anímica, una ordinariez.
Porque, aunque no lo pareciera en los sombríos días del ya pasado invierno,aparte de crisis económicas, gobiernos incompetentes y políticos corruptos, hay razones suficientes como para agradecer cada día la dicha de vivir.
Solamente los que no conocieron tiempos peores podrían lamentar el presente y temer al futuro y, si fueran perspicaces, se alegrarían de la suerte que tuvieron en lugar de amedrentarse por el futuro que temen.
No tiene destreza el hombre para modificar acontecimientos pretéritos ni fijar los venideros. Solamente para los dioses es eternamente presente.
¿Para qué llorar, además, si no tenemos quien nos oiga?
A los que hasta bastante después de tenernos que afeitar no supimos lo que eran las vacaciones, las estadísticas que lamentan la reducción del número de pernoctaciones en hoteles, como medida de la gravedad de la crisis económica, nos suena a sarcasmo.
Bendito Dios que, gracias a que trabajamos durante muchos años como inmigrantes en nuestra propia tierra, los españoles vivimos ahora peor que hace dos años, pero mucho mejor que hace cuarenta. ¿Para qué echar la memoria atrás solo 24 meses en lugar de hacerla retroceder cuatro décadas?
¿Y por qué nos engañamos culpando a otros de nuestras actuales dificultades, si son consecuencia de nuestro capricho?
Con dos millones de españoles en paro atábamos los perros con longanizas hasta hace poco, y el trabajo que no nos gustaba vinieron millones de extranjeros suspirando por hacerlo.
¿Qué el gobierno es ineficaz? Todo lo ineficaz que se quiera, pero fueron los españoles que ahora se quejan de su inepcia los que lo encumbraron.
Será consuelo de tontos, pero los españoles todavía no tenemos que abandonar nuestra tierra para encontrar en una extraña lo que donde nacimos no teníamos, como nos pasó no hace tanto y, aunque insuficiente, el amparo al desamparado no está sujeto a la caridad, sino al derecho.
Tenemos razonablemente garantizada la atención a nuestra salud, por debajo de los 25 años todo el que quiera instruirse tiene plazas en escuelas y centros de instrucción, tenemos vivienda aunque hipotecada y el pan, por lo general, no nos falta.
Si eso es conformarse con poco, con menos nos teníamos que aguantar hasta hace poco y, si el gobierno no nos gusta, con cambiarlo dentro de tres años está resuelto el problema.
Si, a pesar de todas estas recomendaciones para el optimismo seguimos obsesionados por las penurias que nos acongojan, miremos al cielo.
Después de los inesperados turbiones descargados por inoportunas nubes, en primavera suele salir el sol, las ramas desnudas de los árboles se abultan con los botones que romperán en flores y el sol, que en invierno nos parecía imposible que volviera a brillar, resplandecerá en el cielo y su calor vivificará la tierra.
La vida, aunque parezca ahora mentira, volverá a ser bella y merecerá la pena vivirla todavía más que ahora.

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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