Agustín Jiménez – Ahmadineyad es malísimo.


MADRID, 21 (OTR/PRESS)

Un grupo de embajadores, de excursión en Ginebra, ha resuelto el problema de Oriente Medio y Oriente Próximo protestando de unas palabras del primer ministro iraní, que sigue sin ponerse corbata. Según los periódicos, Ahmadineyad acusó a Israel de ser «un régimen racista» y de explotar el control sobre los medios de información para influir en la opinión mundial. Al parecer, esos comentarios alimentan el odio y, lo peor de todo, son antisionistas. Bien lo sabe el cuerpo diplomático, que hace un par de años escuchaba complacido a Condoleezza Rice explicándole lo de los vuelos de la CIA y, durante los bombardeos -justificadísimos- de Gaza hacía arrumacos a la ministra Livni.

Si Israel no fuese el pueblo elegido, si los embajadores no representaran a gobiernos elegidos por el pueblo democrático, Ahmadineyad tendría alguna posibilidad de éxito. Poniéndolo enfrente de ambos, la Historia le ha negado matemáticamente toda bondad de corazón y cualquier atisbo de inteligencia. Era imposible que le tocara nada porque humanidad e inteligencia fueron a parar enteras a los embajadores ginebrinos, capitaneados por Kuschner, hombre de inquebrantables principios. Israel, por su parte, no necesita ni humanidad ni racionalidad. Para algo es el pueblo elegido. No necesita ejercer la piedad. Haber sufrido tanto justifica que los demás sufran un poquito.

Juan Cole, un profesor de Michigan que mantiene un blog atentísimo al mundo árabe y que además tiene la mala suerte de interpretar lenguas innecesarias como el persa, ha tratado de argumentar que la famosa frase en que el mandamás iraní abogaba por la destrucción de Israel estaba mal traducida. Cole llega tarde. La cuestión ya está resuelta. Para remachar la idea de que dialogar con los terroristas es ocioso, el régimen de los ayatolas acaba de condenar a siete años de cárcel a una periodista de origen norteamericano.

A Ahmadineyad, junto con la desafortunada clase de los iraníes, lo tenemos perfectamente clasificado. Los demócratas evolucionan, los antidemócratas no. Bush, por ejemplo, era demócrata. Ahmadineyad, no. Los árabes, los turcos y los persas, no evolucionan, por lo general. Son verdades tan incontestables como las que a diario mueven nuestra vida nacional: el PP sólo se preocupa de los ricos; Almodóvar es un idiota porque se mete con la derecha; Bardem es muy mal actor porque defiende a Zapatero; Bush pudo tener fallos pero Estados Unidos es bueno; a la nueva ministra de Cultura, no la conocemos de nada, pero únicamente pretende sacar dinero para la SGAE; Benedicto XVI es un gran filósofo; los musulmanes son unos facinerosos, excepto en Chechenia, donde el malo es Putin, y por eso no lo denunciamos; Fraga Iribarne, en sus hoy inimaginables años de verdor, era un intelectual inmenso; y ¡no te digo nada de Tierno Galván, que además era de la izquierda auténtica!; en la guerra civil, los dos bandos eran iguales; y en ese plan, que diría el otro. Lo de Ahmadineyad está clarísimo.

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