Hablando se confunde la gente

Miguel Higueras.- Que Dios no permita que dude de su inabarcable talento ni de su infinita misericordia aunque sospecho que, si consiente que pase lo que pasa, es porque no presta mucha atención a lo que está pasando.
Y no me refiero a las trapacerías que, cara a cara, le hace un semejante a otro porque, en la naturaleza humana, la tendencia al bien se equilibra con el impulso al mal para que el hombre haga uso de eso que se llama su libre albedrío y pueda ser imputado por sus actos.
Lo que me preocupan son manifestaciones más sutiles que, aunque parezcan bienintencionadas o inocuas, acarrean consecuencias perversas: las mixtificaciones idiomáticas.
Hasta he llegado a sospechar que tienen como propósito confundir nuestras mentes para empujarnos a la enajenación suicida.
Si así fuera, no sería por aquiescencia de Dios, sino por instigación del diablo, la cara falsa de la moneda de la que Dios es la cara de ley.
A ver, si no:
Lo de “Estado de Derecho”: como si hubiera habido algún Estado en el que la casta que lo controla no se afanara en promulgar una tupida maraña de leyes para acorazarse contra los que intenten desplazarlos para ser ellos los que chupen del bote.
Lo de “Agentes sociales”: paniaguados que defienden su sustento atribuyéndose la representación de todos los trabajadores, aunque solo un uno por ciento de los asalariados coticen a su sindicato.
Y la cosa no se queda, naturalmente en la política. Vean:
Ya nadie “dice”, sino que “comenta”. Los “negros” son “subsaharianos”, aunque hayan nacido en Barranquilla (Colombia).
Lo de “a más a más” por “además” y lo de “de buena mañana” en vez de “por la mañana temprano”, se puede disculpar con buena voluntad y espíritu liberal como el peaje necesario para la hibridación de las lenguas oficiales de este país que se extiende entre Andorra y Gibraltar.
Pero hay cosas que desconciertan hasta al más ecuánime:
Buscando churros congelados—suculento desayuno que engorda, aumenta el colesterol, incrementa la inteligencia y contradice todos los interesados consejos dietéticos–, encontré en un supermercado una bolsa de plástico.
Aunque un dibujo ilustraba el contenido y el letrero “Churros de lazo” lo ratificaba, sospeché que me estaban dando gato por liebre.
El motivo de la sospecha eran los dos letreros debajo del primero: “Begizta-Txurruak” decía el primero y “Xurros de llaç” el segundo.
No las tenía todas conmigo, por lo que llegué a la conclusión de que, para zanjar una duda teórica, nada mejor que someterla a una verificación empírica.
(Perdón por contagiarme con la epidemia de mixtificaciones y haber escrito lo de “verificación empírica” por “probarlos”.)
Lo hice. El aspecto era de churros, el sabor de churros y la textura, la de los churros. Digo churros y no jeringos, su nombre genuino, porque lo de churros es una mixtificación más del nombre verdadero de esa masa frita.
Es evidente que ni los churros de la bolsa congelada ni los que te sirven en las cafeterías madrileñas tienen nada que ver con los que hacía Lola, la jeringuera de la plaza de abastos de mi pueblo, que tenía su puesto a menos de 50 metros de la cama en la que me despierto cuando por allí ando.
Escribo en pasado porque Lola, vistosa gitana de pura cepa, ya no fríe jeringos en el puesto. Otra mixtificación: los gitanos que antes iban por el monte solos, ahora hasta se jubilan.

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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