Para el repertorio patrio de las estolideces

Desde la noche de los tiempos, pensamiento y doctrina procaz, duda sistemática y charlatanería, filosofía y sofística están condenadas por el buen Dios a mirarse de reojo con recíproco recelo.

A diferencia del nirvana doctrinario de los Ministerios, cuyos tantas veces antivitales preceptos “em-blemáticamente” propalan sus más conspicuas y endogámicas chinches, la filosofía vive de la duda —pro-blemáticamente, pues— en irrenunciable y permanente crisis intelectual.

Por ello, en su crisol de paradojas, conviene purificar las oquedades lingüísticas de las castas parasitarias del Estado: esas expresiones, por lo general, tan vacías, al mismo tiempo que tan pletóricas de sinsentido para la sociedad que las padece.

Propiamente hablando, tales expresiones (emblemáticas) constituyen emblemas, que, envueltos en retórica de mercachifles, ejercen de anestésicos frente a la tragedia social in crescendo.

Revelan además, esas expresiones, inequívocos y siniestros significados, cuando, a la postre, se las ve y perescruta como lo que verdadera y efectivamente son: flatus vocis, huera palabrería tan de picaresca como señorita doctrina; dorsales exhalaciones de parásitos bajo la epidermis de un Estado desbocado en ancas de la corrupción.

(Ha de tenerse presente el sentido originario del vocablo “emblema” en la Grecia clásica, que procediendo de em-ballo, generalmente, significa una figura simbólica “incrustada-en”, por ejemplo, un vaso; lo que introtraído al orbe político español denuncia la perversión de impedir ver con claridad —muy especialmente a quienes no viven de su pantomima— uno de los ingredientes dramáticos de la gota que colma el vaso: la trágica dimensión de su posible y peligroso desbordamiento. El otro ingrediente, el cómico, grotescamente entre la ceja que no ceja y el «Club de la Comedia», se resolverá a la postre, luego de tantos chistes y risas, como un esperpento fatal. Tales emblemas son, en fin, parches incrustados sobre la transparencia del cristal de la vida pública, y cumplen la clásica función de velo tras el que se oculta la verdad.)

Unas y otras, expresiones menesterosas de paradoxal pulimento; picarescos emblemas de Lázaros de Tormes y Estebanillos González, mas también hoy, por cuota igualitaria, de ciertas pícaras Justinas. Helas ahí, archisobadas, algunas de ellas, extraídas del repertorio patrio de las estolideces:

“Memoria histórica”: emblema desprendido del mismísimo tópos hyperouranios de las estulticias, por donde trotan también, ante un Quirón estupefacto, los “caballos-equinos” —sin remedio, especie imbécil del mismo género. Ciertamente, sólo a un imbécil, o a una comandita sociedad de ellos —¡que no hay imbécil desparejado!—, pudo ocurrírsele la imbacularia expresión. Pues qué, ¿es que acaso existen en el universo caballos no equinos?

“Discriminación positiva”. Cómo, verdaderamente y en su sano juicio, pueda alguien reputar positiva una discriminación es misterio que predigo insoluble hasta el final de los tiempos, cuando “realizado” el Socialismo, nos irradie la luz regocijada de su fraternal felicidad (entre tanto, siglo tras siglo, ¡felices los camaradas impetrados por la Gracia del Nepotismo!). A no ser, claro, que por “positiva” se entienda la acción coercitiva de los Estados, sublimada, por otorgamiento del Derecho Positivo, desde un fondo soberano de tricornios.

El Derecho del Gran Ojo: «¡ojo, ojito, “ándeme usted derecho”!», que amablemente, a “la mina” —pura sociedad proxenetizada—, “sugeriría” cualquier inefable Pere Navarro:

La mina, jaboneada, le hizo caso.

Y el varón, saboreándose un buen faso,

la siguió chamuyando de pavadas…

Y luego, besuqueándole la frente,

con gran tranquilidad, amablemente,

le fajó treinta y cuatro puñaladas.

Espléndido derecho ése de los Peces-Barba, según me dicen, legitimable por la científica y suficiente diferencia de un voto —quién sabe si hasta por medio, a lo Jorge Bush. Al fin y al cabo “la razón” de Estado democrático se obtiene siempre por un voto: el Voto Suficiente. —«Y qué sugiere usted, mi amigo.» Yo, no sugiero, caballero. Vivo en un mar de dudas. Simplemente, me limito a-describir-multilateralmente: “…por un lado, …por otro”, según el más aquilatado principio de la fenomenología, que Edmundo Husserl, muy suo modo, succionó del viejo Dilthey —cuando Guillermo Dilthey era viejo, claro; como concluiremos siéndolo todos.

“Cohesión social”. No existe una sola sociedad en el mundo que no la tenga. Sin ella perderían las sociedades su genética constitutiva; definitoria, por ende, de sus propias cohesiones. No hay sociedades “sin cohesión”, pero sí, en cambio, sociedades sin dignidad. Actual paradigma de todas ellas la española, en la que mientras determinados vividores, autodenominados “obreros y socialistas”, tienen el estómago de embaularse millonarios sueldos al mes en virtud de endogámicos y sodomitas decretos, cada vez más compatriotas suyos sangran los dedos en los contenedores —quién sabe si de “sus señorías”— para encontrar algún comestible resto de basura que llevarse a la boca:

—«Oiga, ¿y sus señorías “de derechas” qué?» —«Sus señorías “de derechas”, exactamente lo mismo en este punto, pero con la nada superficial diferencia de que, por lo menos, éstas no ofenden la inteligencia autoproclamándose “camaradas obreros” de unos cuantos millones de compatriotas con las pupilas sin luz y en tránsito de hambruna».

“Crecimiento negativo” (también, “desaceleración acelerada”). De otro modo, modi paradoxa considerandi: “aumento-desaumentado”. Aunque las paradojas —admirabilia, entes admirables, en el regusto de Cicerón— no suelen aflorar entre menguados, para el uso de aquellas más bien contradicciones el Hechizado de la Moncloa no te es tonto, no. Menos, si cabe, quienes en tómbola diaria insisten en rifárnosolo, a Él, cual muñeca Chochona de fenecidas esperanzas; aquí sí: esperanzas desesperanzadas; quienes viven —¡con qué buen rollo y en qué buen vivir!— de esa su tómbola de sulfúrica ruleta, donde “la casa”, señores, siempre gana. Mas lo cierto es que ni hay “discriminaciones positivas” ni “crecimientos negativos”, porque si toda discriminación es negativa, positivo es, también, el más mínimo crecimiento.

Y sin embargo…, esto del “crecimiento negativo”, me dice mi otro yo que se entiende de intentarlo: la señora (¿?: razonable duda antropológica), la compañera Leire Pajín (la de los doce mil quinientos euros solidarios de vellón); el malparido organismo vivo de treinta y tantos años don Bibiano Aida, el Excmo. Sr. Ministro D. José Blanco, el insufrible Hechizado que los nombró Ministros, el Excmo. Sr. Exministro D. Mariano Rajoy y, también —según he podido verlo recientemente—, un candidato “a las europeas” por su misma agrupación política, todos ellos, absolutamente todos, han experimentado un crecimiento económico positivo, seguramente, como consecuencia de sus “denodados sacrificios y ejemplares quehaceres públicos al servicio de sus compatriotas”.

Pero…, a la vez, no dudan en declarar el lesivo decrecimiento que sobre sus economías supone tener que pagar una hipoteca, “como el resto de los españoles”, aunque el resto de los españoles, ni en sueños, se embolsen una media de seis mil euros al mes, llueva o no llueva, con independencia de la “climatología”, como rebuznan los asnos de la nueva cultura. —«¡No te jode! ¡No te jode…!», rebufa tras su esquina el ciego destemplado del abasto.

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R. Malestar Rodríguez
www.castaparasitaria.com
rmalestar[@]gmail.com
(01/6/09)

Autor

Roberto Malestar Rodríguez

Roberto Malestar (Vigo). Heterodoxo; filósofo —licenciado, graduado y doctorando en filosofía por la Universidad de Santiago de Compostela. Publicista, ensayista y articulista. Es, además, letrista e intérprete de tangos, folclore hispanoamericano y otros géneros.

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