Charo Zarzalejos – Los trajes más feos.


MADRID, 4 (OTR/PRESS)

Parezco nueva en esto de la política. Para que luego no digan, busqué en medio de la aridez que produce el ruido estéril un brote verde de un cierto sosiego y me tropecé con José Blanco, ministro de Fomento. En estas mismas líneas le califique de «ministro tranquilo» por aquello de que, por lo menos él, no se estaba metiendo en charcos que a todos salpican y alabé que se hubiera puesto el traje institucional después de años vestido de fajador. Ahora tengo que decir que José Blanco se ha puesto su traje más feo y que se ha metido en el peor de los charcos posibles, hablando de la seguridad de un ex presidente del Gobierno al que ETA ha querido asesinar y lo haría ahora si pudiera. No le tocaba hacer este papel y menos cuando para interpretarlo ha utilizado datos que, en principio, sólo se conocen en Presidencia del Gobierno y en el Ministerio de Interior.

Lo de Blanco ha sorprendido de manera especial, precisamente por haber vestido tan bien y con tanto acierto su traje institucional, que no es precisamente el de Leyre Pajín. Ahora la fajadora es ella y alguna licencia se le puede permitir. Lo que ya clama al cielo es lo del acontecimiento planetario: Obama en EE.UU. y Zapatero presidente por seis meses de la UE. Esta periodista escuchó en vivo y en directo semejante declaración y, créanme, más de un socialista presente se ruborizó. La cosa no es para menos.

De los trajes de Camps no hay mucho más que decir, pero el de Fabra preguntando si se tiene que acostar con Rajoy para hacer visible el apoyo de éste a su persona, también es para nota. ¿Puede una campaña perturbar tanto el ánimo y el verbo de nuestros políticos?

Todos ellos están más guapos, tanto cuando coinciden como cuando discrepan, utilizando argumentos, exponiendo sus convicciones o sus recetas. La política tiene su cuota inexcusable de propaganda y de alguna que otra ocurrencia, pero lo que estamos viendo supera con creces lo razonable y, desde luego, lo efectivo. Para ellos y para nosotros, los ciudadanos. Para ellos, para los políticos, porque cuando sueltan estridencias se convierten en caricaturas de sí mismos; para nosotros porque después de treinta años de democracia es más difícil que nos engañen, salvo a aquellos que de manera deliberada o por pereza mental se dejan engañar, que de todo hay.

Hoy, viernes, es el último día de campaña. Difícil será que en estas veinticuatro horas todos se reconviertan y nos brinden al final una pizca reconfortante. Pero en el supuesto más que probable de que no se produzca, no hay que caer en desaliento alguno y sí acudir a votar. Es criticable, muy criticable los derroteros adquiridos por la campaña ya a punto de finalizar, pero ésta acaba y más de la mitad de las cuestiones que han servido para los mítines desaparecerán del debate público. Han sido el atrezzo de los trajes feos y viene la realidad, que en este caso se llama Europa.

La UE tiene carencias y defectos, pero si no existiera habría que inventarla. El mundo no está para patios particulares y menos cuando surgen realidades que por su potencial humano y económico a nosotros los europeos nos abruma. Todos juntos somos muchos menos que los chinos o los indios y ambas son realidades económicas y tecnológicas cada vez más fuertes y competitivas. Todos juntos somos más fuertes frente a las sutiles olas de intolerancia y de la violencia de quienes desprecian nuestro modo de entender la vida.

Esto se acaba. Tengamos un poco más de paciencia, tomemos distancia de las ocurrencias y confiemos que cuando alguno se mire al espejo llegue a la conclusión de que algunos de los trajes elegidos durante estos días han sido penosos.

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