Andrés Aberasturi – Europa invertebrada.


MADRID, 8 (OTR/PRESS)

Los resultados de las europeas se han valorado a estas alturas desde casi todos los puntos de vista. Insistir en que es una llamada de atención para el PSOE -no una debacle- y un gran paso para el PP -aunque poco que ver con unas generales- es repetir más de lo mismo. Pero aunque en la mayoría de los países las elecciones también se han hecho, al parecer, en clave mas interna que continental, hay dos notas relevantes: la caída libre de los socialistas y la enorme abstención generalizada. Sobre este segundo punto convendría detenerse un poco y plantearse por qué ese desinterés continental.

Sería una exageración arriesgada creer que la idea de Europa esté en crisis. Todo lo contrario: cada vez son más los habitantes de este continente que han nacido y crecido sabiéndose/sintiéndose europeos sin tener que hacer una reflexión intelectual para ello: son franceses, alemanes o españoles y por tanto europeos, pertenecen a Europa sin más y no ven en las fronteras sino una muy leve línea de pequeñas cruces en los mapas. Manejan la misma moneda, van a las mismas universidades, chatean por la misma red de redes, conversan en ingles (es eso aun no hay clases y brechas) y protestan en todos sitios por el mismo plan Bolonia. ¿Por qué entonces esa bajísima participación. Seguramente porque hay una herencia histórica que les pesa como nos pesa a nosotros, porque ven, como nosotros vemos, que esto no funciona más allá de la moneda única y los intereses comunes y porque son conscientes de que hoy por hoy, el Parlamento Europeo no deja de ser un paquidermo inútil diga lo que diga la propaganda oficial sobre las importantes decisiones que allí se toman.

Europa es un gran mercado con leyes que intentan regir esas transacciones pero a fuerza de ser cada vez más grande, resulta mas desequilibrado y esos desequilibrios, producto de la prisa de algunos tras la caída del muro de Berlín, han invertebrado ese invento practico que es la Unión Europea, hija de un sueño que soñaron los primeros europeístas y que ya sabemos que nunca podrá ser al menos en varias generaciones. Todos los pasos que han intentado ir un poco mas allá del puro mercadeo, han fracasado estrepitosamente y ha dejado a las claras que aquí cada uno mira por lo suyo y que Francia y Alemania por un lado y Gran Bretaña a distancia, con el canal por medio, son las figuras que distorsionan -y cohesionan a su vez- un paisaje borroso que se adivina al fondo.

La duda estriba en si deberíamos conformarnos con esta cierta idea de Europa o seguir enzarzados en buscar una constitución común, dar poder real a ese Parlamento en el que nadie cree (los primeros los propios partidos europeos que lo utilizan como un dorado exilio) y hasta soñar un único presidente -y un solo gobierno- elegido por todos los europeos.

No hay que ser adivino para admitir que el futuro no es del todo alentador. La realidad es la que es y todo el que intente forzar la maquina, es que tiene ganas de perder el tiempo. ¿Ha tocado techo la Europa con la UE? Posiblemente, si. Al menos esta idea de Europa, la que nació del carbón y del acero, la que empezó siendo un selecto club con una cuota de entrada carísima y que hoy se abre a unos y a otros a precio de saldo. Naturalmente que estoy a favor de esa democratización y de la apertura, pero entonces habrá que convenir que la idea ha cambiado. Lo que no vale es creer que estamos en un coto privado cuando realmente nos encontramos en la tierra de todos. O nos ponemos de acuerdo en un proyecto nuevo, o seguimos jugando a las votaciones como si no pasara nada para que más de la mitad de los europeos ni se molesten en tomar parte.

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