Carlos Carnicero – La izquierda y la autocrítica.


MADRID, 14 (OTR/PRESS)

Escuchando a algunos líderes socialistas -tanto españoles como de otros países europeos- da la impresión de que no son conscientes de la precariedad de su situación y de la posibilidad de que hayan iniciado una pendiente de pérdida de sostén electoral que les convoque a la oposición en las próximas elecciones perdiendo el poder en los pocos sitios donde lo ocupan. Piensan que la culpa de la disminución de su apoyo es la crisis económica; un análisis superficial y vacuo porque las causas son más profundas y la crisis más compleja.

Hace veinte años que la izquierda reinició a muchas de sus señas de identidad porque la desaparición del socialismo autoritario de los países del este motivó la aceptación universal de los credos indiscutibles de los pensadores neoconservadores: no hay nadie en el mundo que organice mejor el pensamiento unificado y sea capaz de constituir equipos de penetración mediática. Los Neocon se infiltran por la más pequeña rendija con la soberbia de que su pensamiento es indiscutible.

Mientras, en el universo socialista el común denominador ha sido el complejo y la falta de coraje intelectual para sostener credos que estaban en la contracorriente de lo que con eficacia se trató y consiguió imponer desde la derecha más ultraconservadora.

Ahora, con una crisis que va mucho más allá de la catástrofe económica, los intelectuales progresistas, en su mayoría, se conforman con que las cosas vuelvan a estar como antes, cuando no había estallado la inoperancia y el egoísmo de los dirigentes económicos, y volver a una sociedad en la que el consumo amparado por la hipoteca de las vidas de los trabajadores comunes permita una apariencia de prosperidad general.

No hay movimientos en los partidos de izquierda que revelen otra inquietud distinta que evitar la pérdida del poder donde lo mantienen o de su obtención en los lugares en donde están en la oposición. Es cierto que en España el Gobierno socialista utiliza el déficit para proteger a los débiles; una política de solidaridad inevitable pero insuficiente para la reactivación del pensamiento progresista. La política debiera ser algo más que la lucha por la ocupación del poder y la democracia instantánea basada en los conocimientos sociológicos inmediatos sobre los ciudadanos debiera ser sustituida por una visión estratégica en la que la utopia volviera a tener sentido desde la búsqueda de una sociedad más justa.

La resultante puede ser la pérdida total de orientación de la izquierda: sin debate político en profundidad, con vocación populista, aceptando el terreno de juego ideológico de la derecha económica se pueden juntar las dos catástrofes peores que le pueden acechar a un partido político: la ocupación de la oposición en un largo periodo y la pérdida de confianza de los ciudadanos en que otra sociedad sea posible, lo que convocaría indefectiblemente a la desafección política.

La izquierda tiene muchas reformas pendientes: la primera la democratización interna de sus órganos de gestión y la búsqueda de espacios de participación para sus militantes para que no sean sólo maquinas electorales. Una reformulación fiscal y una política inevitable de confrontación ideológica con la derecha para que las diferencias entre unos otros sean el principal papel de crecimiento.

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