Antonio Casado – Irán: distante, no tan distinto.


MADRID, 17 (OTR/PRESS)

Es inevitable el uso de plantillas que nos resulten familiares para entender lo que está ocurriendo en Irán. Una, muy próxima, la de Adolfo Suárez respecto a la dictadura franquista en España. Otra, no tan próxima, pero perfectamente asimilada en la memoria colectiva de los españoles, la de Mijail Gorvachov respecto a la Unión Soviética. En los dos casos, las puertas de dos regímenes tan cerrados y tan represivos como la actual República Islámica de Irán reabrieron desde dentro.

Es justamente esa la esperanza que desde esta orilla de la libertad todos hemos depositado en Husein Musavi, el líder opositor al régimen teocrático de la antigua Persia. Musavi no deja de ser una criatura del régimen. Lo sabemos. Sin embargo, su programa reformista, cuya victoria electoral ha sido descaradamente abolida desde arriba, ha tenido la virtud de concitar la masiva demanda de cambio impulsada por una sociedad compuesta mayoritariamente por jóvenes.

Nada menos que el 70 por ciento de sus ciudadanos no han cumplido los 30 años de edad. En su mayoría nacieron del baby-boom posterior a la sangrienta guerra con Irak (1980-1988), cuando Irak tenía el respaldo de Estados Unidos y la simpatía occidental (Irán contó con el apoyo de Siria y pare usted de contar). Y hoy constituyen una fuerza social viva que reclama la libertad religiosa, las libertades políticas, la modernización, el fin del aislamiento y la reinserción internacional.

Jóvenes y mujeres son las dos grandes palancas sociales del proceso de cambio. Imparable, a mi juicio, a pesar de las acciones represivas de estos días por parte del régimen y la resistencia del llamado Consejo de los Guardianes de la Revolución (seis hombres de leyes, seis hombres de Dios) a anular el resultado oficial de las recientes elecciones, que otorgaron un inverosímil triunfo al actual jefe del Gobierno, Ahmadineyad.

Jóvenes y mujeres en los que habita una colosal concentración de energía a la hora de reclamar el cambio y expresar el malestar social (28 por ciento de inflación y 13 de paro, según cifras de 2008, con tendencia a empeorar en 2009), tras unas elecciones de las que fueron excluidas unas 400 opciones, sin interventores del partido de Musavi en las mesas de votación, sin observadores internacionales y con todo tipo de dificultades para los periodistas extranjeros que han acudido a cubrir las elecciones.

A pesar de todo, «libertad sin ira». La reclaman jóvenes y mujeres (el 70 por ciento del alumnado universitario es femenino). Y eso nos está recordando estos días a los españoles que un proceso impulsado por la sociedad civil, ya hace más de treinta años, acabó con otra dictadura. Todo tan distante, pero no tan distinto. Apostemos por un final feliz, también en el Irán de los teólogos chiítas que esconden un temible poder nuclear bajo sus togas.

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