Fermín Bocos – ¡Pobres maestros!


MADRID, 17 (OTR/PRESS)

En España los maestros pierden mucho tiempo intentando imponer orden en las aulas. Pierden tiempo, ilusión y autoridad. Un estudio reciente concluye que de cada hora lectiva, diez minutos se van por el sumidero de la barahúnda que promueven los estudiantes mientras se acomodan en sus pupitres, dejan de dar voces, apagan los teléfonos móviles, desorejan los mp-3, beben agua, apagan los cigarrillos, dejan de pelearse y toman asiento.

En los minutos iniciales de la clase, los maestros se juegan un intangible capital: la autoridad. El profesor que manda silencio y no es obedecido pierde pie para todo lo demás. Quien no haya pasado por el trance no puede comprender los pensamientos encontrados que pasan por la cabeza de un profesor cuando desde la tarima contempla el panorama de un grupo de alumnos que parece gozar con sus aires de manada. Desde la angustia a la ira, pasando por la impotencia o la resignación -que en tantos casos rima con depresión-, los estados de ánimo de un maestro sometido a semejante desgaste recorren toda la escala. Ser maestro es una heroicidad. Un sacrificio mal pagado, poco considerado socialmente y escasamente respetado por la asnada juvenil que -salvo excepciones-, se apresta a estrenar la vida en sociedad a lomos de una ignorancia cada vez más arrogante.

José Antonio Marina suele repetir un proverbio africano que dice que para educar a un niño se necesita a toda una tribu. Seguro que muchos maestros españoles se conformarían con menos; se conformarían con que los niños vinieran educados de casa. Porque, a mi juicio, ésa es la clave: en la escuela se enseña, pero donde se educa o donde se debería educar es en casa. Por desgracia, no es esa la tendencia. ¡Pobres maestros¡

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