Abuso de «democracia»

Miguel Higueras.- Aunque todas las palabras tengan el mismo valor lingüístico, hay algunas pronunciadas con tono reverencial que la prudencia aconseja economizar para que su uso no las devalúe.
Es lo que está ocurriendo con “democracia” y sus derivados desde que, por obra y gracia de la muerte del Dictador, pasó de proscrita a expresión que prestigia al que la emplea.
Y tanto se usa y abusa de ella que, si la moderación no limita su derroche, acabará tan sin valor como un maravedí.
Sirve tanto para un roto como para un descosido porque, si “demócrata” es el más encumbrado elogio que pueda merecer una persona, negarle ese calificativo equivale a considerarlo el felón más ruin.
Es evidente que se considera demócrata al partidario de la democracia como sistema político de gobierno y de organización del estado.
Pero su significado de gobierno del pueblo es impreciso porque, hasta el estado más dictatorial, alardea de que es el pueblo el que gobierna, delegando en el Dictador el ejercicio del poder.
Es la democracia, pues, una aspiración y no un sistema de gobernar el Estado.
A ver quien niega la adhesión inquebrantable que una mayoría de españoles ingenuos tributaba al Caudillo, la devoción fervorosa de las masas a Hitler o la adoración reverencial que su pueblo dispensaba al “padrecito” Stalin.
Pero el régimen que hicieron a su medida esos tres dictadores dista mucho de que pueda considerarse una democracia.
Tanto en las democracias como en las dictaduras abundan los panegiristas fervorosos e interesados, que etiquetan a sus adversarios con el latiguillo de “anti” para que nadie dude de su ortodoxia oportunista.
Con qué unción abacial califican ahora de antidemócratas a sus discrepantes quienes se proclaman apóstoles de la nueva ortodoxia.
No lo hacen porque en su corazón abunde su amor a la democracia, sino porque presumen de lo que carecen.
Es una nueva forma del rancio “maricón el último”: te tacho de antidemócrata para evitar que pongas en duda mi comportamiento democrático.
No es más que argucia de engañabobos, triquiñuela en esta nueva feria de los discretos aprovechados, variante de la picaresca del Buscón o el Lazarillo, sin la gracia de los clásicos.
A los que intentan silenciar llamando antidemócratas a los que discrepan de sus opiniones les faltan argumentos y les sobra malaúva . Quien no los conozca, que los compre.

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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