Fernando Jáuregui – Estado de cabreo.


MADRID, 18 (OTR/PRESS)

Probablemente usted, lector, sea uno de esos ciudadanos agobiados y, con perdón, cabreados. Tiene usted, me temo, muchas razones para ello. Por ejemplo, usted puede estar cabreado por el «estado de obras» que viven muchas de nuestras ciudades y pueblos gracias a la improvisación de ese «plan E» que hace que, cuando aprieta la escasez de dinero, lo estemos gastando a manos llenas en aceras, rotondas, farolas y un largo etcétera perfectamente innecesario. Pero hay más, muchos más motivos para cebar ese estado de cabreo nacional que, me parece, se va extendiendo entre nuestras gentes.

Así, probablemente usted, querido lector, esté irritado y, perdón, hondamente cabreado ante el despilfarro constante de dinero público, las excursiones pesqueras del jefe del espionaje o las curiosas explicaciones de la razón de la subida de impuestos cinco días después de las elecciones: el señor Zapatero, que definitivamente toma a la ciudadanía por lerda, nos dice que si aumentan las tasas del tabaco es por nuestra salud, y si las de los hidrocarburos, por amor al medio ambiente y para evitar atascos.

Uno, lamento personalizar, tiene enclavada su oficina en Madrid entre dos magnos cúmulos de zanjas, de esos que al alcalde Gallardón -que esa es otra_ tanto le gustan: una zona céntrica ya simplemente intransitable. O también uno se queda perplejo, que es condición del alma tan poco fructífera como el cabreo, al ver con qué impunidad unos políticos espían a otros, sin que haya la menor voluntad de que el tema se investigue por la ridícula comisión creada al efecto en la Asamblea madrileña. Y, entonces, uno se pregunta si ese espionaje telefónico (y visual) se extiende a los periodistas, si espían, unos u otros, a los empresarios, a los banqueros… Al fin y al cabo, al Rey ya lo espiaron y aquí no pasó casi nada.

En consecuencia, me parece que menos credibilidad ya no pueden tener nuestros representantes públicos. No la tienen ni los unos, cuando, sin ir más lejos, nos marean con la fecha del fin de la crisis -fecha móvil donde las haya–, ni los otros, cuando no se atreven a destituir a los altos cargos de su partido que se hallan un paso más allá de la sospecha de haber metido la mano en la caja.

Y llegamos así a la recta final, cuando el Parlamento pronto va a cerrar sus puertas para iniciar sus larguísimas vacaciones estivales, cuando los jueces siguen discutiendo si van o no a una huelga presuntamente ilegal, cuando quienes están encargados de vigilar por nuestra seguridad interior y exterior -sí, ahora me estoy refiriendo al CNI_ muestran inquietantes signos de descomposición intestina. Y cuando, por supuesto, todos ellos esquivan el control de una prensa que no siempre hace honor a su sagrada misión, pero que es, al y al cabo, el cuarto poder que tenemos, y con esos bueyes hay que arar.

Dígame usted si no está justificado el estado nacional de cabreo, aunque sea, así de buenos somos, un cabreo más bien sordo, mudo y ciego. Supongo que el señor Zapatero, y con él toda una clase política, compartirían en su fuero interno aquella frase que hace años me lanzó, con cierta tristeza, Adolfo Suárez, cuando pedaleaba animosamente al frente de su partido tras haber dimitido de la presidencia del Gobierno: «desengáñate; gobernar a los españoles es muy fácil; protestan poco», me dijo.

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