Andrés Aberasturi – La referencia de un modelo.


MADRID, 22 (OTR/PRESS)

«Contribuir con políticas preventivas a otro modelo de masculinidad desde el que establecer las relaciones de pareja sobre unas nuevas referencias, para la cual la implicación y el compromiso de los hombres en esta lucha es imprescindible». Esta frase, digna de convertirse en un examen de análisis de texto (sintáctico y/o ideológico), es la que aparece en la convocatoria del nuevo teléfono de la igualdad que va a poner en marcha el Ministerio del mismo nombre. No seré yo quien critique ni los objetivos ni el coste de la línea 900 que ha salido a concurso. No sé muy bien qué resultados podrá tener ni qué beneficios sociales reportará, pero preocupa un poco la «literatura» de la convocatoria.

«Contribuir con políticas preventivas a otros modelos de masculinidad». Sonará bien, aunque algo barroco, si no empezáramos a estar hartos de los «modelos» y las «culturas» y más harto aún del lío que se traen con la «masculinidad». De un tiempo a esta parte lo que antes se bautizaba como «cultura» ha variado en «modelo» y de la misma forma que nos cansamos de oír hablar de la «cultura del pelotazo», por ejemplo, ahora no salimos de «un nuevo modelo de economía» o este «otro modelo de masculinidad». Qué manía con los modelos de todo y para todo. Estamos tan rodeados de modelos que ya no sabemos donde hay que mirar para ser políticamente correctos y al final tanto espejo te hace perder las referencias. Referencias. Otra palabra que parece inevitable en el discurso retórico-político y que, naturalmente, también sale en este caso: el «otro modelo de masculinidad» se requiere para «establecer la relaciones de pareja sobre unas nuevas referencias». ¿Por qué se complica tanto todo? Sólo echo de menos que en algún momento se hablara de «transversalidad» que es otro de los conceptos que están ahora de moda.

Mi temor es el vacío que se esconde tras estas frases, tras estas palabras que suenan tanto y dicen tan poco. Un magnífico profesor de literatura de bachillerato nos advertía del uso y abuso de los puntos suspensivos: generalmente se ponen cuando uno no sabe cómo continuar la frase, cuando no se tiene nada mejor para cerrar. Tenía razón, los puntos suspensivos son como los «finales abiertos» en las películas: cansancio del guionista, falta de esa idea que termina resolviendo con originalidad la trama urdida.

Pues igual pasa con las culturas, los modelos, las referencias y la transversalidad. Todo muy bien, muy progre, muy intelectual incluso, pero ¿qué? El minimalismo nos invade y -salvo excepciones- no deja de ser una subcultura de la pobreza, un barroco vocacional en números rojos. También en el lenguaje -y por tanto en el pensamiento- vivimos un ataque de minimalismo preocupante y por eso nos manejamos con tres o cuatro palabras que lo mismo sirven para un roto que para un descosido, son como esas ramas secas, desnudas y retorcidas que presiden todas las esquinas en las decoraciones minimalistas: un modelo transversal que se convierte en referencia obligada para esta nueva cultura de lo mínimo. Como decía don Pío Baroja: que gran prosa la de Azorín, pero donde estén los novelones rusos (puntos suspensivos).

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