Fermín Bocos – ¡Estamos locos!.


MADRID, 29 (OTR/PRESS)

Llevamos años escuchando la dichosa pregunta: ¿para qué sirve el Senado? Hasta ahora, nadie había dado con la respuesta definitiva, con el argumento capaz de colmar la irónica curiosidad nacida tras constatar la minusvalía parlamentaria de la Cámara Alta respecto del Congreso. Los voluntarístas, hablan de la función «afinadora» del Senado respecto de los proyectos que acaban siendo leyes. Para eso -dicen- sirve el Senado. Otros -ciegos ante el descarnado mercadeo en el que ha derivado la política regional- sueñan con que algún día podría ser la «Cámara de las Autonomías»; un Parlamento suma de los parlamentos de las 15 Comunidades Autónomas -amén de las respectivas asambleas de Ceuta y Melilla. Esa sería la utilidad del Senado. La verdad es que nunca ha funcionado como tal y todos los discursos para activar ese mecanismo se han quedado en eso: en discursos.

En realidad, la respuesta acertada a la pregunta de inicial es otra. ¿Para qué sirve el Senado? Respuesta: para dotar de un confortable retiro a los políticos que van de retirada y, ¡ojo al dato¡ para emplear a una veintena larga de traductores (al español) del catalán, vasco, valenciano y gallego; intérpretes a disposición de los señores senadores. Senadores, todos ellos españoles y, en consecuencia, conocedores del idioma español y, por lo mismo, capaces de entenderse entre si hablando en castellano. Ver al vicepresidente Manuel Chaves con un pinganillo colgado de una oreja escuchando la intervención de un senador catalán, vasco o gallego, ha sido una de las fotos más patéticas de la pasada semana. Saber que los traductores cobraron 6.500 euros por su tarea -dietas de desplazamiento, no incluidas-, da pie a otra pregunta ¿es que nos hemos vuelto locos?

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