Fernando Jáuregui – No te va a gustar – Universidades de verano.


MADRID, 29 (OTR/PRESS)

Este lunes he impartido mi primera clase en una universidad de verano. No habrá muchas más, sospecho, en primer lugar porque ya no soy tan requerido como antes -no estoy de moda, en suma. O, simplemente, no soy lo bastante importante_ y, en segundo, porque he tenido la suficiente presencia de ánimo como para decir «no» a un par de ofertas: universidades veraniegas recientes, y distantes, de esas que cobran un dineral al alumno a cambio de algún crédito académico, con una oferta lectiva cuando menos difusa, por decirlo en términos no demasiado ofensivos.

O sea, que no creo demasiado en estas universidades de verano. Y no me faltan razones para el escepticismo.

Mi primera clase universitaria de este estío ha sido semejante a otras del pasado año, y de otros anteriores (creo haber escrito ya sobre esto alguna otra vez: todo el mundo se repite estacionalmente): un curso apresuradamente montado, con algunos nombres de relumbrón en el programa -luego, esos relumbrones no han podido asistir, y fueron sustituidos por otros menos fluorescentes–, una veintena de asistentes, aburridos/as alumnos/as mucho más interesados/as en las actividades extraescolares con sus compañeros/as que en escuchar mi presumiblemente plúmbea perorata; aunque a mí personalmente, claro, me parezca de lo más interesante el tema y desarrollo de mi conferencia, que fue seguida de un casi inexistente coloquio, en el que resultaba heroico vencer la pasividad de los oyentes.

«Ha estado muy bien, hemos tenido veinte asistentes», me dijo luego el director del curso. Le pregunté cuál es la media de alumnos por cada uno de los cursos en esa universidad veraniega en particular. «Unos ocho o diez», me dijo, tan serio. «Pero no importa: son cursos patrocinados por empresas», añadió. Y me entregó un cheque por mi contribución a la causa.

Salí, usted lo entenderá, muy deprimido. Pensé que a veces parece que este país no está entrando o saliendo de una crisis, sino como siempre: en estado estacionario, ni crítico ni bonancible.

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