Agustín Jiménez – ¡Qué locura de demerol!.


MADRID, 30 (OTR/PRESS)

Como lo más interesante -y dicen que lo mejor- para la gente es lo espiritual, lo estético, lo cultural, la muerte de Michael Jackson ha eclipsado otras noticias de pacotilla que sucedían a la vez y carecían de la mínima relevancia política: las víctimas de la conferencia episcopal iraní; las suposiciones, deposiciones y previsibles reposiciones del mandatario de Honduras -con el scoop que supone que Estados Unidos critique, en vez de promover, un golpe en Iberoamérica-; el avance socialista en las elecciones de Albania, país que ni siquiera aparece en la información meteorológica; los vaivenes de la inflación y la deflación; el batacazo de la Roja, la muerte menor de un ángel de Charlie, los 150 años de cárcel de Madoff, que promete que se arrepentirá toda su vida. Ha conmovido mucho más presenciar el final de los restos de un niño prodigio: cincuenta años maltrotados, cincuenta kilos de peso, agujas de pinchazos, un zoo que habrá que cerrar…

Evidentemente el niño tenía mérito. Tuvo que contonearse mucho por fuera y por dentro para conseguir su maestría en el bricolaje de grititos, disimulando la nada para domesticar lo elástico y abocar a su lunático andar lunar; o para adoptar la batahola de poses, chirimbolos y adornos que lo disfrazaron de pobre de Michigan, de angelillo con pelo rizado -antes de las pelucas-, de gángster, de niñófilo, de Dorian Gray, de tipo zumbado, de obscenidad sin cuerpo, de pavo real coronado sargento en una función de efectos especiales. Michael Jackson ha estado varias décadas haciendo ruido y el ruido- qué remedio- se nos ha metido dentro.

Eso no significa necesariamente que fuera un gran músico. Un ministro de fomento nunca será Alejandro Magno; casi con toda seguridad, Federico Trillo no es San Francisco de Asís; y Michael Jackson nunca fue Beethoven. Fue más bien un icono, que es cualquier cosa que aparezca mucho y venda igual: una botella de Coca Cola, una foto que expongan a todas horas, una algarabía muy repetida, una nueva marca de superstición.

También fue superstición lo de Elvis Presley, que cantaba muy bien pero era cursi, o lo de John Lennon con aquella empalagosa viuda japonesa. Como son básicamente superstición, en otro campo, la admiración por Warhol, que tampoco fue Velázquez, o, a día de hoy, los elogios hacia el costurero Lagerfeld, tan listo, tan buen técnico y con una presencia que a unos les parece originalísima y a otros horriblemente hortera. Las supersticiones son muy raras y solo las entienden los que están en el ajo. Eso no implica que los demás deban sentirse excluidos. En toda transacción religiosa hay mucho de candor y mucho, tal vez, de don galáctico. Pasa como en las películas de marcianos.

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