Andrés Aberasturi – 823.


MADRID, 31 (OTR/PRESS)

El diario «El Mundo» recordaba con nombres, apellidos y profesiones a todas las victima de ETA, desde el guardia civil José Pardines, en el año 68, hasta Diego Salva y Carlos Sáenz de Tejada, hace apenas unas horas. Han necesitado tres páginas para nombrar uno a uno los 823 muertos que ETA debería llevar en su conciencia y que no lleva porque carece de semejante atributo. He leído todos y cada uno de los nombres en un íntimo homenaje a todos ellos. Sólo recordaba tal vez a una docena. El resto yace en el olvido porque no es fácil vivir con tanto dolor a cuestas y porque todos, durante mucho tiempo, nos acostumbramos a recuadrar muchas muertes en los rincones perdidos de lo cotidiano.

Viendo las imágenes de los actos fúnebres por los asesinados en Palma, viendo a representantes de la familia Real, al presidente del Gobierno y al líder de la oposición, viendo la catedral abarrotada de gente y las manifestaciones frente a los ayuntamientos de toda España, no estaría de mas recordar a todos esos muertos silenciados para los que era difícil incluso encontrar una iglesia en el País Vasco donde celebrar una liturgia. Pobre Iglesia vasca, cuánta negrura debe atenazar sus ojos tanto por lo que hicieron y dijeron como por lo que dejaron de decir y hacer.

Aquellos muertos silenciados nos cercan hoy con más fuerza que nunca porque nos ponen ante una realidad que nos afecta a todos. ¿Qué hubiera pasado si desde el principio todos (hablo de la izquierda, de los obispos vascos y no vascos, del PNV, de los gobiernos de Francia, de los medios de comunicación, de los que hoy nos manifestamos frente a los ayuntamientos, de todos hablo) hubiéramos tenido una postura más coherente, más valiente, más democrática desde el principio?

No es bueno volver los ojos al pasado cuando ya parece que todo ha vuelto a un cauce del que nunca se debió salir. Pero ahí está lista de los 823 asesinados cuya memoria no puede quedar sólo en una cifra. Son nuestros, son de los nuestros, estaban del lado de la Ley y defendían la libertad de todos con uniforme o comprando el pan de cada día en aquel Hipercor de Barcelona el 19 de junio del 87. Es cierto que hubo titulares para las grandes tragedias pero también es cierto que casi el silencio rodeó la muerte de otros muchos. No fue el caso de Miguel Angel Blanco cuyo asesinato, brutal y agónico, pudo ser el principio del fin. ¿Quién se encargó de apagar poco a poco aquel incendio de justa ira que fue el espíritu de Ermua?

Permítanme que no me sume al coro del acorralamiento de ETA, de los últimos zarpazos, de su soledad. Estoy de acuerdo con lo que quieran decir. Pero al menos hoy, en un tiempo triste para España y para la democracia, nombremos uno a uno a los 823 muertos, la mayoría de ellos silenciados, olvidados, enterrados casi clandestinamente por una sociedad que no quería ver el horror de cuanto le rodeaba.

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