Agustín Jiménez – Culos secos


MADRID, 4 (OTR/PRESS)

Se ha montado una polémica a cuenta de unos calzoncillos de baño. Resulta que Phelps, un nadador abonado al oro olímpico, se mete en una piscina de Roma y se ve superado por otro de nombre poco memorable propulsado por un tejido artificioso que origina no se entiende qué efecto físico cuya manifestación más clara – resumía el campeón accidental – es que mantiene seco el culo del bañador.

La polémica es fascinante para los científicos y los negociantes de plásticos e incomprensible para los demás. Los griegos competían desnudos, no sólo porque así evitaban que se colara un atleta de sexo no reglamentario sino porque les parecía más atractivo. Los peces, los clientes primigenios del agua, nadan en pelotas, aunque los pobres no baten récords de velocidad ni mejoran su estilo. Pero, en cuanto marrullería humana, el deporte es una actividad industrial condicionada al progreso. Los inventores ciclistas diseñan bicicletas ligeras con las que Bahamontes nunca ascendió las cuestas de Zocodover. Los futbolistas hace tiempo que dejaron de sacudir porrazos a pelotas de trapo. Para ser más leves o menos resistentes al aire, para que el sudor no les acogote el impulso de la gloria, los corredores terráqueos dependen de zapatillas extraterrestres que luego salen en los anuncios y acosan a los adolescentes pijos en las zapaterías de estilo, esas tiendas de podología con pretensiones.

El deporte, y los bañadores de artificio, es una parcela de la civilización. Un hombre civilizado no hace cosas públicas sin ropa de marca como un simple mono. Un hombre moderno precisa adminículos, parafernalia y alto consumo de energía. Hace siglos cocían patatas con el fuego miserable de dos astillas y se trasladaban sin hacer gasto. El hombre moderno no prepara una ración de patatas sin derrochar cientos de las unidades físicas, químicas, eléctricas, nucleares y muy pronto cuánticas que enumera los manuales. Y, para moverse, derrocha gasolina, fomenta el despliegue informático, hace ricos a los fabricantes de tejido italianos. Con esas astucias, un nadador de escaso músculo domina las piscinas olímpicas y reforma las costumbres.

En la primera página dominical de un periódico de Alemania del Sur, el papa mismo se hacía una foto con el campeón que humilló a Phelps. Por mucho músculo espiritual que guarde, el papa no es un fakir que vaya por ahí en taparrabos. No hay frenesí de amor, superación y justicia que aguante dos mil años sin adaptar el vestuario. Se le podrán discutir otras cosas, pero la Iglesia Católica es la administración con más éxito de la Historia. No ha hecho carrera a base de ser sencilla sino, como el tipo de la piscina, guardando seca la ropa.

AGUSTIN JIMENEZ

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