Fernando Jáuregui – Aquel viejo talante de Zapatero


MADRID, 12 (OTR/PRESS)

Cuando José Luis Rodríguez Zapatero llegó, inesperadamente, al poder, confieso que sentí un cierto rapto de alegría, eso sí dentro del escepticismo propio de la profesión que desempeño y me despeña. Superaba una era de antipatía ejercida a fondo desde La Moncloa, llegaba con una medio sonrisa, helada sí, pero a la que no estábamos acostumbrados, y hablaba mucho del talante amable que quería imponer a la vida política. Para quienes no acabamos de creer en la existencia de profundas divergencias entre derecha e izquierda –dígame usted si el PP no gobernaría, en lo esencial, que es lo económico, como el PSOE–, el hecho de que, ya que pagamos, a los contribuyentes nos sonrían, en lugar de regañarnos, resulta esencial.

No, no era entusiasmo, desde luego. Zapatero no es Obama, pero se le parece más que Anar. Y algo más que Rajoy, que no acaba de encontrar su tono, pese a sus valores y virtudes. Pero hay que reconocer que los socialistas se lo están poniendo a los populares como se dice que se las ponían a Felipe II o a Fernando VII. El líder de la oposición dizque conservadora ha podido salir de su retiro pontevedrés –bueno, relativamente, que lograr que Rajoy abandone Pontevedra en verano es tarea imposible– para lanzar los misiles de mayor alcance: Zapatero, de ser considerado un «Bambi» por algún columnista despistado y algo pelota, ha pasado a ser, dice Don Mariano, un «inquisidor», un Torquemada que lanza cada día al PP a la hoguera de las presiones, las escuchas telefónicas y las esposas ante las cámaras de televisión para ir al Juzgado.

A finales de la pasada Legislatura publiqué un libro titulado «La decepción», con los rostros de Zapatero y Rajoy en portada. Parece que no gustó demasiado a los no demasiados poderosos que lo leyeron Decía allí que mi decepción había sido mayor en el caso de Zapatero, que era, al fin y al cabo, quien ostentaba el poder. Ya no me creía lo del talante y, menos aún, lo de «Bambi»; más bien me apuntaba a ese chiste, tan malo, que a ZP le llama zarpatero, por lo de las garras. Yo creo que, de haber un inspirador de ciertos desmanes poco estéticos, o hasta poco democráticos, desde la distancia de la sonrisa helada e inaprehensible –ay, esas fotos de los del «affaire Palma Arena» esposados, y por las que nadie ha pedido aún disculpas…–, sería el propio «jefe». No Pérez Rubalcaba, que es el mago que hace posible la marcha de muchos asuntos del Estado. Y quien acaba cargando, porque es el más capaz, con todas las culpas.

Conste que yo no llamaría a Zapatero «inquisidor», ni me atrevo a decir, porque carezco de pruebas, que sean cuerpos del Estado quienes nos pinchan el teléfono –pero pinchazos haberlos haylos–. Me parece que el PP ha lanzado la bomba atómica demasiado pronto, y, encima, en pleno despiste de las vacaciones. Sí creo, empero, que el inquilino de La Moncloa encuentra tiempo para las maniobras orquestales en la oscuridad, incluso desde el retiro canario. Eso sí. Es un político en el mejor, pero también en el peor, sentido de la palabra «política». Hace que sus ministros intenten golpes de mano vía decreto –con las TDT de pago, por ejemplo-_ un miércoles santo. O, si les falla el complot, un 13 de agosto, o sea este jueves, sin ir más lejos. Ha aprendido los trucos que otros necesitaron más tiempo, y menos democracia, para aprender. O que no aprendieron nunca. Ni falta que les hacía. Ni falta que nos hacía.

Pienso que Zapatero debería replantearse recuperar aquel talante con el que llegó primero a la secretaría general del PSOE y luego a la presidencia del Gobierno. No basta con golpes de suerte para seguir gobernando felizmente el barco: hay que saber llevar el timón del Estado, no de las alcantarillas, y mantener contenta a la tripulación.

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