Los ineptos marrulleros o los lelos ineptos

d) Recoger los efectos, instrumentos y pruebas del delito, a fin de ponerlos a la orden de la autoridad judicial (artículo 4 de la Ley de Funciones de la Policía Nacional en materia de auxilio judicial)

Miguel Higueras.- Si el gobierno que prohíja El País ignora que corresponde a la policía la aportación de pruebas en un procedimiento judicial, malo. Si lo sabe, peor.
Quien parece estar en la inopia, como casi siempre en casi todo, es el Partido Popular al que El País, el gobierno que apadrina y su partido socialista exigen que presente pruebas de que es víctima de filtraciones interesadas y de espionaje telefónico.
No es capaz de ejercer la oposición política al Gobierno, como le corresponde, y quieren que el Partido Popular ejerza de Policía Judicial, que no le incumbe.
A Rajoy, Cospedal, Arenas y otros personeros del PP les viene tan ancha la función opositora que parecen desconcertados: en lugar de exigir responsabilidades y controlar al gobierno, se resignan a que el gobierno los controle y les exija responsabilidades.
El 24 de Julio el Partido Popular aportó en su denuncia cinco titulares del periódico El País y una grabación de la cadena SER para apoyar su denuncia de violación del secreto sumarial que, más que indiciarias, podrían admitirse como pruebas documentales.
Es evidente que Zapatero, Rubalcaba, Blanco y otros socialistas lo saben y los medios del Grupo de Presión Política PRISA también, pero como les consta que la capacidad dialéctica del PP y sus afines es nula, acorralan al Partido Popular exigiéndoles que presente pruebas de su acusación, que le corresponde aportar a la Policía Judicial.
Si no sabe ni defenderse, ¿cómo va a defender este partido popular de Rajoy los intereses de España?
Más que demostrado tiene el Partido Socialista que, por mala gestión política, económica, social y diplomática se ha ganado de sobras pasar a la oposición pero el Partido popular no se ha ganado desplazarlo.
A los españoles que sucumben a la tentación de votar les corresponde decidir quienes gobernarían España menos mal: los ineptos marrulleros o los lelos ineptos porque, si entre bobos anda el juego,quien sabe si es virtud la pillería.

DISGUSTADO ESTA RAJOY

Si hubiera seguido impasible ante el acoso que su Partido Popular dice que sufre por parte del Gobierno y del Partido Socialista, Mariano Rajoy no hubiera desencadenado el cataclismo que estremece a España.
No fue la esperada ratificación de las denuncias de María Dolores de Cospedal y de Federico Trillo las que han provocado el terremoto, sino la conclusión final de la filípica de Rajoy en Pontevedra: “…y tienen que saber que eso no me gusta”
Se buscan disculpas a ese exceso verbal del Presidente del Partido Popular y la única plausible es su temperamento mercurial que, sin transición, pasa de la abulia al arrebato.
El disgusto de Rajoy ha desconcertado a los votantes socialistas porque confiaban en que la televisada detención de dirigentes populares, el espionaje telefónico a representantes electos de la oposición o las instrucciones a la Fiscalía para que recurra una sentencia favorable al valenciano Camps agradarían al Presidente del Partido Popular.
Los militantes y votantes del PP también están conmocionados porque la ira que trasciende del disgusto de Rajoy podría indicar que ha puesto pié en pared y está dispuesto a pelear por arrebatar el gobierno a los socialistas.
El “tienen que saber que eso no me gusta” de Rajoy suena a turbadora amenaza porque, ¿y si el disgusto implica que se acabó la era feliz en la que dejó el Partido en manos de segundones que hacían la vista gorda a los chanchullos?
Todos parecen coincidir, después de oírlo, en que hubiera sido mejor que Rajoy hubiera seguido como una esfinge porque su mutismo roto en Pontevedra ha sacudido las conciencias de toda la población, mientras que su silencio extrañaba solo a los votantes de su partido.
Ese manifiesto disgusto convierte en profunda crisis de conciencia lo que, hasta que habló Rajoy, era una vulgar trifulca política coyuntural.
Lo que no le guste a un hombre bueno, como el Presidente del Partido Popular, conmueve a todos los españoles, sean de derechas, de izquierdas o ambidextros.
Hay que buscar responsables de su sosiego perdido.
¿Quién es el culpable de que se haya alterado la paz de sus vacaciones?
¿Qué derecho tiene el gobierno a hacer lo que disgusta a Rajoy?
¿Ha encontrado Zapatero a alguien del PP que le preocupe menos que Rajoy?
Si hace lo que el gobierno quiere, ¿por qué enoja el PSOE a Rajoy?
Es inaplazable la convocatoria de un selecto panel de tertulianos y comentaristas que respondan satisfactoriamente a éstas inquietantes cuestiones.

RAJOY EL IMPASIBLE

El día que le llevé a su hotel de Caracas los Ducados que me había pedido, el todavía gobernante en ciernes se lamentó de que había llegado demasiado joven a la antesala del poder.
Eran los tiempos en que, por los quehaceres de mi oficio, frecuentaba a los políticos y era depositario de alguna de sus confidencias.
Le relaté en aquella ocasión al que todavía no había llegado al poder que días antes en Quito, donde habíamos coincidido en la toma de posesión de Jaime Roldós, Adolfo Suárez, hablando de sus muchos compromisos en aquel viaje, me agarró el brazo, apretó y dijo: ”estoy agotado, ¡pero cómo disfruto!”.
Al que años después sucedería a Suárez le recordé el axioma norteamericano de que, para alcanzar el poder, no basta con desearlo sino que hay demostrar que se desea.
No sé si a Mariano Rajoy lo tienta el poder de la presidencia del gobierno de España. Si de verdad aspira a conseguirlo, disimula muy bien o no cree que alcanzarlo merezca el esfuerzo de arrebatárselo a quien lo tiene.
Si hubiera llegado al cargo por herencia de José María Aznar, algunos creen que podría haber sido un buen Presidente. Lo dudo porque su condición pastueña, que le estorba para ganar el puesto con su esfuerzo, le hubiera impedido desempeñarlo con su ingenio.
La elección de Rajoy fue uno más de la larga cadena de errores de la segunda presidencia de Aznar.
La ambición de poder que llevó a la Presidencia del gobierno a mi interlocutor de Caracas se agotó en los primeros cuatro años de su largo gobierno, tan fructíferos que pasarán a la historia de la política española.
Después debió desencantarse y siguió gobernando, aunque no mandando, por inercia.
A Rajoy, el desencanto parece que le ha afectado antes de alcanzar el poder.
Quizá por eso, como un Pantocrátor impasible, pasa estos días estivales leyendo novelas en los chiringuitos, mientras sus huestes se baten en retirada frente a la acometida de sus adversarios.
Con tanto a su favor para ser Presidente—la crisis pertinaz, el paro creciente, el acoso inmisericorde al partido popular simultaneado con el trato de guante blanco a los socialistas y el derroche manirroto —Rajoy no hace nada ni se merece ser presidente del gobierno.
Si, a pesar de eso, los socialistas perdieran las elecciones y Mariano Rajoy llegara al poder, será el primero que lo consiga gracias a su habilidad de quedarse impertérrito ante las demandas de que actúe.

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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