La parábola del progre

Ir de progre es un chollo. Y no lo digo porque te abra el camino a la subvención o esté bien visto entre el gremio periodístico español. Me refiero a las ventajas intangibles.

Tengo pocos amigos, pero todos buenos. Uno, el mejor y más querido, es un ruso llamado Igor Mihalev, que parece sacado de una novela de Tolstoi y en cuyas manos de oso pondría mi vida.

Otro, entrañable, es Etienne Montes, quien un buen día se hartó de hacer fotos a los menesterosos del mundo y vive en el sur de Francia, haciendo buen vino y persiguiendo liebres.

El tercero se llama Leo Gabriel. Es políglota, profesor universitario, periodista multifacético y progre de toda la vida. A Leo lo conocí en 1977. Andaba yo por el norte de Nicaragua, donde la guerrilla sandinista empezaba a despuntar y fui a entrevistar al coronel de la Guardia Somocista que mandaba en Ocotal.

Iba parapetado tras una carta que me habían dado en Managua y el coronel me miró muy serio y ladró: «Así me gusta, con papeles oficiales, no como el hijueputa austriaco que tengo encerrado en el calabozo».

El «hijueputa» era Leo, que ya andaba entonces «dando apoyo a la revolución». Ganaron los sandinistas y no crean que le fue bien, porque a la primera crítica que formuló sobre las atrocidades perpetradas contra los indios misquitos, lo acusaron de agente de la CIA.

Peor le fue cuando escribió que los revolucionarios estaban saqueando las arcas públicas. Leo ama la libertad, cree en la justicia, se preocupa por los pobres y nunca se calla ni se queja. Tampoco aprende.

Acaba de pasar por Madrid, rumbo a Honduras, para poner su granito de arena informativo a favor de la causa del expulsado Zelaya. Y lo hará en sintonía con el pederasta Ortega, el censor Chávez y otros amigos del narcoterrorismo colombiano.

Todo sin mala conciencia y sin sonrojarse.

VÍA ABC

Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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