Fernando Jáuregui – La semana política que empieza – Soldados españoles defienden urnas afganas


MADRID, 16 (OTR/PRESS)

Afganistán, ese país irredento e imposible, desconocido hasta para quienes se encargan de pacificarlo, controlarlo e intentar hacer de él un Estado al menos con apariencia de moderno, celebra elecciones esta semana, el día 20. La previsible victoria del actual presidente, Karzai -tiene como único oponente posible a su antiguo ministro Abdalá Abdalá- resta emoción a estas elecciones, aunque los talibanes fanáticos, con sus atentados crueles, se encargan de que este desdichado territorio siga en los titulares de la prensa mundial.

España se ha empeñado bastante a fondo en la estabilidad ante la convocatoria electoral. Aunque varios ministros y el propio presidente Zapatero aseguraron públicamente que no se enviarían más de los 800 soldados que allí estaban, lo cierto es que otros 450 han ido a Afganistán, teóricamente para proteger estas elecciones en su zona de influencia, donde las tropas españolas actúan básicamente, Herat. Tarea difícil y peligrosa -finalmente lo ha reconocido la ministra de Defensa, Carme Chacón- en un país donde el control internacional, cien mil soldados de cuarenta países, sobre el terreno pedregoso e inútil, es mínimo y cuestionable.

Los militares españoles corren, sí, un peligro cierto en el desempeño de su misión. Un peligro tal vez excesivo para los resultados que se están obteniendo. Sin embargo, que cuarenta países, liderados por los Estados Unidos, se afanen en la pacificación de una zona que es semillero del fanatismo islamista más violento, un fanatismo que exporta sus acciones terroristas a todo el mundo, resulta significativo. En Afganistán resulta absurdo hablar de alianza de civilizaciones o de posibilidades de un acuerdo nacional, entre otras cosas porque no existe un Estado como tal y los conceptos de la política son medievales: la violencia como único método de actuación.

Por tanto, la presencia de las armas vigilantes es la única certeza de que acudir a las urnas el jueves será una heroicidad relativamente segura y de la que existen muchas probabilidades de salir indemne. Los talibanes ya se encargan estos días de tratar de persuadir a la población de lo contrario. Para ellos, ya se sabe, la letra con sangre entra. La causa de las fuerzas internacionales es la justa, la buena, y de ello hemos de estar persuadidos cuando nos entran las dudas sobre qué diablos se les ha perdido a las tropas españolas allá.

Puede que estar allí con los blindados y los fusiles, recibiendo de cuando en cuando una lluvia de cohetes y con la sospecha de que siempre puedes ser víctima de una emboscada o de un acto suicida, sea un ejemplo de admirable fracaso, a la vista de lo que hasta ahora se ha logrado. Pero moralmente hay que estar, y me parece, por lo poco que he podido hablar con algunos de ellos, que así lo piensan los soldados españoles que permanecen o han permanecido en Afganistán, aun siendo conscientes de lo lento de los avances y de los riesgos que corren.

Claro está que las elecciones del jueves no van a democratizar ni pacificar Afganistán; pero ayudarán, confiemos, a iniciar un camino. Y, al menos, a que los «señores de la guerra» y del terror sepan que hay un total de cuarenta y un países, entre ellos España, y cien mil soldados, entre los cuales mil trescientos españoles, que están dispuestos a impedir que sigan las tropelías, los asesinatos, la explotación de la mujer como una esclava y la producción de materia prima para los traficantes de droga de todo el mundo.

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