Andrés Aberasturi – No estamos locos, doctor, ojalá


MADRID, 21 (OTR/PRESS)

Al doctor Cavadas, director del amplio equipo sanitario que ha realizado el primer trasplante de cara en España, se le notaba no tanto cabreado como triste, incrédulo, asombrado: «El paciente tiene dos personas de seguridad en la puerta de su habitación ¿estamos locos?».

Pues no doctor, ojalá. Estamos peor que locos, estamos ávidos de carnaza, llenos de una curiosidad absurda, colgados del morbo, metidos todos en una carrera en la que no se respeta nada y en la que todo vale. Yo no tengo el honor de conocerle, doctor, pero le he visto en la rueda de prensa con su camisa paleo-hippy, su pulsera africana, su satisfacción contenida por haber devuelto la dignidad a un rostro desfigurado aunque queda mucho por delante. Y es realmente terrorífico que mientras usted y su equipo junto al de La Fe de Valencia trabajaban en la delicada operación, alguien estuviera investigando a partir de los pocos datos, quién era el donante y quién el receptor.

Aquí nos interesan mucho los milagros de la ciencia pero aun más saber que el fallecido era un extranjero que tenía un supermercado. Usted no lo entiendo y yo tampoco, pero es así. Y ya le advierto: los dos seguratas que custodian la habitación de su paciente, van a ser pocos porque siempre hay gente dispuesta a vender y -lo que es peor- empresas dispuestas a comprar. Puede estar usted convencido de que, o mucho cambian las cosas, o en cuanto le den el alta, el trasplantado va a recibir ofertas millonarias para dejarse ver, para asistir a programas de televisión, para que narre a ser posible entre lágrimas, su vida y su pasado. Y si no es él, serán amigos, familiares, vecinos* todo vale. Y lo peor, doctor, lo mas deleznable es que envuelven esta vergüenza en el derecho a la información para justificarse y nos lo querrán vender a nosotros como un «reportaje humano», como «un ejemplo» para que conseguir así más donantes. Tienen coartada para todo, incluso para su conciencia.

No, no estamos locos, ni siquiera enfermos; sólo al borde de perder la sensibilidad como individuos, la dignidad como sociedad y la ética como empresas. Imagino que en el mercado de la cosa, ya hay precio puesto para una imagen de su paciente y ya ha dicho el Supremo que si es en un lugar público y el personaje es de interés, vía libre para lo que sea. Y lo peor es que no podemos escapar, lo peor es que yo, por ejemplo, y seguramente mucha más gente como yo, que sólo queremos saber que el operado se recupera y se integra en la vida de todos, que sólo agradecemos al donante su gesto en silencio, no podemos evitar el abuso de una información omnipresente. No sé muy bien hasta dónde vamos a llegar, pero cuando se ha empezado esta carrera, resulta muy difícil pararla y cada vez es más indigno incluso ser sencillamente espectador.

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