Rafael Torres – Al margen – Fuga de cerebros


MADRID, 26 (OTR/PRESS)

Se viene a admitir que en el cuerpo sanitario las enfermeras son las manos, y los médicos, el cerebro, pero a menudo son aquellas las que para el paciente son las manos, el cerebro y el corazón. Para cuidar, administrar como dios manda el tratamiento y proporcionar el consuelo que el enfermo necesita para dejar de estarlo se requiere, desde luego, mucho cerebro, pero he aquí que ahora, en vísperas de una más que previsible saturación de los servicios médicos, un montón de cerebros, de enfermeras, se aprestan a emigrar a los países donde les pagan (y, en consecuencia, les reconocen) mejor, al Reino Unido sobre todo.

Esas enfermeras y enfermeros que rellenan sus solicitudes y comienzan a hacer las maletas desean abandonar la condición de mileuristas que arrastran en España, una condición particularmente insoportable para quienes tienen en su trabajo la enorme responsabilidad de la salud, cuando no la vida, de sus semejantes.

Seis de cada diez trabajadores españoles ganan al mes en torno a mil euros, que son, en realidad, como cien mil pesetas de cuando las había, pero esa estadística del salario ínfimo no se produce, sin embargo, por la crisis económica, sino que antes de ella, cuando en España se ataban los perros con longaniza, seis de cada diez trabajadores ganaban lo mismo que ahora, si es que se puede llamar «ganar» al hecho de recibir ese poco dinero a cambio de un tercio de la vida. Ahora como antes, también, muchísimos auxiliares sanitarios se cuentan entre esos dieciocho millones que las pasan canutas pese a trabajar honradamente o por eso mismo, y es natural que quieran levantar cabeza aun al precio, siempre alto, de abandonar su casa, su ciudad, el conjunto de sus afectos y el pequeño y personal mundo conocido.

Lo que no es natural es que el gobierno les deje irse, que no arbitre de urgencia sueldos más dignos para ellos, pues les deja irse cuando van a ser aquí más necesarios que nunca. A la inanidad que exhiben las autoridades antes las añagazas sanitarias de la hora presente no puede sumarse, salvo que se desee obtener un resultado catastrófico, la fuga de cerebros, de esos miles de enfermeras que vamos, seguro, a necesitar.

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