Agustín Jiménez – Los predicadores guapos


MADRID, 2 (OTR/PRESS)

El cuerpo de Ted Kennedy ha sido despedido por Estados Unidos en una de sus numerosas iglesias sin pedigrí entre emoción contenida, salvas de marines y banderas al viento. Naturalmente su espíritu se ha quedado rondando por ahí porque, como dijo Obama, es parte del sueño americano. Ted era el último aspirante a la fama de la familia, un clan de humanistas beatos, ricos y folladores. En los sesenta asesinaron a su hermano presidente – quién lo hizo es el segundo gran misterio americano, detrás de la fórmula de la coca-cola – e incluso en España se lamentó mucho. Los sesenta fue la década más siniestra de la posguerra española. El modelo público aquí era Franco, chaparro, sanguinario, sin principios. Los Kennedy combatían con más encono aún al comunismo pero sonreían bien y tenían pinta muy limpita.

Estados Unidos es un país maravilloso (como casi todos los demás) aunque para muchos europeos resulta raro que tengan 43 millones de personas sin derecho a la atención médica. Es muy, pero que muy eficaz, pese a las chapuzas que permitieron los atentados de septiembre de 2001. Está tremendamente comprometido con la democracia en el mundo, lo que ha demostrado fehacientemente apoyando o derrocando gente al albur de sus intereses. Es al mismo tiempo un país muy abierto, aunque no pasa un día sin que periódicos con mala intención aireen que a tal persona normal le han negado la entrada en un aeropuerto. Alain Juppé, el ex mandatario francés, cuenta en sus memorias recién publicadas la humillación que le supuso que lo recalaran en el JFK cuando lo inhabilitaron en Francia. Estados Unidos es inflexible en ciertas cuestiones aun con pequeños disparates legislativos (lean el informe de «The Economist» sobre los abusos a menores) y, de nuevo, una sociedad tan responsable que, en el caso de la niña secuestrada de la semana pasada, admite parangón con la belga de Dutroux o la austríaca de Frisl. Por último, pero esto se está corrigiendo, hay gente, hasta con premios Nobel (Krugman), que acusa a Estados Unidos de habernos arrastrado a la actual ciénaga financiera.

Pese a esos detalles sin importancia, los occidentales hemos confiado a Estados Unidos la labor de predicadores oficiales. El país lo fundó un grupo de activistas religiosos y ahí siguen. Solo Holanda puede comparársele en su obsesión por el sermoneo , como subrayaba John Adams cuando, en los años ochenta (del siglo XVIII) fue a Amsterdam a pedir subvenciones para la deuda americana (Le dieron menos de lo que esperaba). Pero hoy en Holanda solo tienen a Balkenende. Es de Barack Obama de quien se espera el sermón dominical sobre los problemas esenciales. Antes de él ha pasado con Lutero King, emulado por el reverendo Jackson, un poco con Carter y Clinton e incluso con desastres o malvados tipo Bush porque, si se predica bien, el mal es muy atractivo. Y siempre ha pasado con los Kennedy. Desgraciadamente Ted no pudo llegar a presidente tras una noche de cobardía en Chappaquiddick. ¡Qué buenos sermones hemos perdido!

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