Zapatero, Gemio y Alkahen

Miguel Higueras.- La empalagosa conversación del hombre y la mujer que se arrullaban en la radio sugería que se habían abismado en un idilio galante, preludio de la inevitable conjunción de sus cuerpos y culminación de la complicidad de sus almas.

Más que la entrevista de la presentadora de un programa de radio al presidente del gobierno para que oyentes ávidos encontraran respuesta a sus tribulaciones, parecía el secreteo cómplice de dos enamorados en los prolegómenos de la intimidad acuciantemente deseada.
Hablaban de lo que les debería interesar a todos, pero el arrullo de sus palabras sonaba al de amantes fogosos que hubieran olvidado cerrar el micrófono, traicionados su impaciencia.
Lo que los oyentes de Onda Cero escucharon la plácida mañana del sábado cinco de Septiembre, en la que las otras emisoras decían que el gobierno incrementará la capacidad de fuego de los militares españoles en Afganistán enviando más soldados, era una entrevista de Isabel Gemio a José Luis Rodriguez Zapatero.
Los que oyeron la entrevista al político se quedaron sin saber por qué el mismo hombre que retiró de Irak a españoles que los irakíes atacaban como a invasores,quiere mandar a Afganistán más soldados para que los afganos los tiroteen por haberlos invadido.
No habría hecho falta entrevistadora si Onda Cero hubiera querido que sus oyentes escucharan lo que en sus receptores captaron porque se asemejaba al recitado de las preguntas rituales del catecismo Ripalda, con las respuestas previamente establecidas para esas preguntas.
La Gemio consultaba obsequiosamente a Zapatero y el presidente del gobierno, como alumno aplicado, repetía todo lo que ha hecho y amenaza hacer para que España remonte como un cóndor los efectos de la crisis económica, que se empeña en perpetuarse.
Hubo, sin embargo, un punto en que se rompió la cantinela del monótono guión: fue cuando Rodríguez Zapatero, pavoneándose de la Ley de Dependencia que su gobierno hizo aprobar, ilustró una de las carencias que los españoles padecían antes de que lo hicieran presidente:
–“Cuando llegué a La Moncloa”—reveló—“no había rampas de acceso para minusválidos”.
–“No me lo puedo creer”—se escandalizó justamente indignada la Gemio—“no me diga que en La Moncloa no había rampas”.
Las rampas de La Moncloa son, para Zapatero, lo que para los mordaces cordobeses del califato representó “la añadidura de Al Haken II”, el indolente, culto y sodomita heredero de Abderraman III, que añadió un agujero a la jabeba, la flauta morisca,como aportación personal al espelndor del imperio que forjó su padre.

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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