Fernando Jáuregui – Siete días trepidantes – Con tanto ajetreo, nos olvidamos de Merkel


MADRID, 26 (OTR/PRESS)

Comprendo que los españoles, con tanto ajetreo, hayamos minimizado la gira por los Estados Unidos de Zapatero (no así, claro está, la de su familia) y hasta las decisiones del Consejo de Ministros sabático sobre impuestos y sobre el aborto. Siempre he insistido en que lo interesante, para nosotros, prima sobre lo importante, y ya se sabe que lo interesante es, tantas veces, lo nimio, cuando no lo frívolo. Así que nada me extraña el escasísimo interés que la opinión pública y, hasta cierto punto, los medios, hemos dedicado a las campañas electorales que desembocarán en la muy presumible reelección del socialista José Sócrates en Portugal y de la democristiana Angela Merkel en Alemania.

Y eso que el vecino Sócrates es uno de los pocos correligionarios en el poder con los que ZP cuenta, suponiendo que eso cuente a estas alturas. Pero comprendo que, tras el bajo nivel mostrado por la candidata alternativa, que ha errado el tiro incluso en sus planteamientos contra el AVE «español», lo que ocurra este domingo en Portugal carece de morbo: está cantado.

Otra cosa es lo que sucede en la República Federal Alemana, donde tampoco caben muchas dudas acerca de que seguiremos viendo a Angela Merkel en la cancillería. Lo importante, para mí, y pienso que debería serlo también para nuestra clase política, es si continuará la misma «gran coalición» en el gobierno, que parece que sí. Las encuestas han mostrado el apoyo de los germanos a una fórmula, la de compartir el poder entre democristianos y socialistas, que ha sacado a la RFA de la crisis con mayor rapidez y hasta brillantez que otros países europeos, y no hablemos ya de lo que ocurre en España. «Hoy en día se necesitan coaliciones», ha dicho Merkel, que mira tanto hacia el SPD como, me parece que en menor medida, hacia los liberales del FDP.

Así, las elecciones de este domingo en Alemania tienen una trascendencia que, en mi opinión, va más allá de esas privilegiadas relaciones que la República Federal tiene con nuestro país, tanto comerciales como turísticas, según recordaba Zapatero en una reciente entrevista en «Newsweek». Y va más allá porque son muchas y crecientes las voces españolas que reclaman y aconsejan una fórmula «a la alemana», o caminando en esa dirección, para solventar los problemas que tenemos aquí y ahora.

Cualquier periodista medianamente atento ha escuchado de labios relevantes en la economía, la cultura o la política, para no hablar ya de lo que dicen las encuestas, que socialistas y «populares» han de pactar urgentemente para sacar a España del atolladero. Al menos, para generar la confianza ciudadana suficiente como para empujar hacia el fin de una crisis que, a este paso, en 2010 será bastante peor para el bolsillo del españolito medio.

El temario del Consejo de Ministros excepcionalmente celebrado este sábado es un ejemplo pintiparado para ilustrar la necesidad de un pacto de gran alcance cuando se produzca de una vez ese esperado encuentro entre Zapatero y Rajoy: nada menos que los Presupuestos -y su deriva fiscal_ para el «annus horribilis» que nos aguarda fueron dictaminados en ese Consejo. Y nada menos que una reforma muy polémica del aborto que, según mi criterio, debería, acaso, haberse resuelto en referéndum, pero que de ninguna manera debería haber abordado la gran fricción nacional.

Ocurre que ese gran pacto no se produce aparentemente tan solo porque los dos máximos dirigentes no se tienen simpatía y porque los «estados mayores» de sus partidos respectivos lo desaconsejan, alegando que la democracia consiste precisamente en la confrontación partidista. No sé, puede que, sin que nos hayamos enterado, la República Federal Alemana haya dejado de ser una democracia, aunque a mí me sigue pareciendo aquel un sistema ejemplar, incluyendo el funcionamiento de los «lander». La campaña, allí, ha sido limpia de ataques personales y el «cuerpo a cuerpo» en los debates televisivos ha sido hasta aburrido, como dicen que deben ser las democracias: sin sobresaltos. Sin corruptelas y sin «Gürtel», que es, por cierto, un término alemán que en aquel afortunado país significa solamente «correa», con minúscula, y no otras cosas bastante feas con las que por aquí nos tienen sobresaltados los Correa, con mayúscula, y sus cómplices.

Me da la impresión de que, en estos momentos, en los que media España es capaz de tirar los trastos a la cabeza a la otra media hasta por una foto en la que aparecen, nada menos que junto a los Obama, las hijas de nuestro presidente, mirar hacia Alemania resulta reconfortante. Como mirar un paisaje verde tras haberse acostumbrado al secarral. A mí, personalmente, estos alemanes que votan este domingo con la sensación de haber hecho bien los deberes me dan carpetovetónica envidia, qué quieren que les diga.

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