Agustín Jiménez – Copenhague caliente.


MADRID, 29 (OTR/PRESS)

Un montón de reyes, presidentes, ministros y allegados, cuentahistorias y llevacosas se van a dar empujones en la capital danesa suplicando unos Juegos Olímpicos para su pueblo. Los economistas no están de acuerdo sobre los beneficios de dichos festejos. Mucha gente se siente halagada de ver por televisión mundial el centro deportivo levantado junto a su casa. Los alcaldes, sin excepción, engordan su vanidad farfullando sobre ideales y prestigio.

El de Madrid lanzó una campaña con faltas de ortografía (la coma que brilla por su ausencia en «Hola everyone») y cava fosas concienzudamente para sus odiosos ciudadanos, que pronto catarán deliciosos aperitivos en forma de impuestos mejorados, precios al nivel de los más avanzados del mundo y estrecheces como en Tokio. Toda esta energía derrochada contribuye a una tasa de polución que sitúa a Madrid entre las grandes ciudades de futuro por su generosa aportación al calentamiento global. El primer objetivo de la política es cebar el PIB y expulsar un máximo de gases. Quienes desean fervorosamente que los Juegos vayan a parar a Rio, a Chicago o a Tokio, junto con sus turistas indocumentados y sus marcas de sponsoring, es que no han entendido nada.

A Copenhague no le han concedido la sede olímpica pero, a modo de consolación, cuando los cabildos de los Juegos dejen libres las habitaciones, acudirá a la ciudad otra patulea que teóricamente se ocupará de limpiar el planeta que tanto ensucian eventos como los Juegos. En este sentido podemos estar tranquilos. Los que vivan en 2050, deben saber que hasta China se ha comprometido a reducir sus emisiones una barbaridad para entonces. El tema es urgente pero no a nivel personal. Independientemente de que las administraciones empuerquen el medio ambiente atendiendo a consideraciones superiores, una de las marcas del liderazgo que viene será la calidad de los discursos verdes que suelten los mandatarios.

Zapatero lo ha comprendido en su reciente puesta de largo cenital. A Obama le está superando en declaraciones Hu, el presidente chino. Solo Merkel, preocupada estos días por las elecciones -y, por tanto, por el PIB, que es lo que cuenta- ha estado maniobrando para aumentar la contaminación en su país con ayuda de Opel y el cierre de Figueruelas, ello apoyándose en el título de su himno nacional: «Deutschland über alles» (Alemania sobre todo).

Todos, incluidos los asiáticos, tienen derecho a la contaminación. Para repartir sus beneficios, los casi doscientos países que luego hivernarán en Copenhague, se están reuniendo en Bangkok, una ciudad conocida por su clima saludable. El protocolo de Kyoto, que ahora se pone en solfa pero no mucho, se adoptó en 1997. Gracias, pese a, independientemente de él, las emisiones de anhídrido carbónico han aumentado en un 25 por ciento. Los pulmones no pero la economía estaba boyante. Se podría pensar que la crisis -y la subsiguiente dificultad de producir- actuará de reactivo para buscar otros enfoques. Pero imaginen a un Gallardón o a una Merkel ante una gran oportunidad de progreso para sus conciudadanos, una fábrica o unos Juegos Olímpicos. ¿Los iba a echar para atrás un poco de aire sucio?

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