Fernando Jáuregui – Lobby.


MADRID, 1 (OTR/PRESS)

Hoy apenas toca un titular: ni los Presupuestos, ni Gürtel, ni la próxima huelga de jueces, ni los datos que vienen (glub) sobre el paro del mes de septiembre; ni siquiera las educadas críticas del ex Solbes dirigidas a la algo errática política económica Gubernamental… No, hoy, como si nos fuese la vida en ello, todo es lobby en Copenhague.

Hoy, cada miembro del Comité Olímpico, independientemente de sus méritos personales o profesionales, es un rey tan poderoso como Juan Carlos de Borbón, como Obama o como Lula. Por lo menos. Hoy, reyes y jefes de Estado se reúnen en habitaciones discretas de superhoteles en la capital danesa y/o en almuerzos que quieren ser tan secretos al menos como el de Rajoy con Camps, con cada uno de los «intocables». Esas gentes del COI que decidirán a su aire y con criterios que nadie entenderá muy bien, cuál será la sede que albergue los Juegos Olímpicos de 2016: Madrid, Río, Chicago o Tokio.

El lobby es práctica regulada en los países anglosajones, donde los parlamentarios suelen ser asediados por quienes buscan una legislación favorable a sus intereses. En España no hay regulación, lo que no quiere decir que no haya lobbies: por ejemplo, hay preguntas parlamentarias que, cuando menos, sorprenden por lo traídas por los pelos. Pero, en fin, como diría Jordi Pujol, hoy no toca hablar de eso.

Puede que el lobby –que a mí me disgusta por lo que tiene de sobreprima a quienes pueden pagarlo– sea una práctica inevitable: siempre habrá alguien que ejerce presiones sobre quien legisla o decide para que la realidad del Boletín Oficial del Estado se ajuste, en lo posible, a sus deseos. Los viajes de los reyes y los primeros ministros tienen siempre, en el fondo, un objetivo económico, lobbístico: el jefe del Estado es el primer comercial de los productos nacionales, como lo es la diplomacia de cualquier país, y ay de quien no lo entienda de este modo.

Lo único que me sorprende, en esta versión danesa de lobby, es el descaro con el que se admite: hay que agradar a los «intocables». Puede que Madrid esté tan capacitado, al menos, para organizar unas olimpiadas como Tokio, Río o Chicago. Pero Gallardón tiene menos encanto que Michele Obama, y, por increíble que parezca, ese puede ser un argumento decisivo para que los «intocables» le den el premio a Chicago. O puede que prefieran la caipirinha al vino de Rioja, con lo que estamos perdidos. O que el miembro del COI en cuestión sea un ferviente republicano, con lo que el Rey de España perdería algún punto en su misión lobbística.

Así que no seamos agoreros: la sorpresa aún es posible. Puede que haya quien prefiera a Gallardón sobre la primera dama americana, el vino a la capirinha, la Monarquía a la República. Y, entonces, nos darán los Juegos.

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