Andrés Aberasturi – La encrucijada de Rajoy.


MADRID, 5 (OTR/PRESS)

Se encuentra el Partido Popular en una difícil encrucijada: por una parte las encuestas -al fin- le empiezan a ser favorables y a la vez el «caso Correa» no se limita ya a finos obsequios a los capitostes valencianos sino que la trama se amplía hasta una presunta financiación irregular del PPV. Que Montoso diga que llegarán hasta el final del caso Gürtel, que asumirán sus responsabilidades y que no caben medias tintas, está bien. Pero hasta ahora nadie en Génova ha hecho nada ni eficaz ni contundente. Palabras y más palabras, gestos que varían levemente, apoyos que ya no parecen ni tan claros ni tan incondicionales y poco más. Y con esa tibieza no se debe presentar uno a unas elecciones y ganarlas. Es verdad que cosas más raras se han visto y que los votantes somos caprichosos y contradictorios a la hora de decidir; pero eso no justifica la falta de transparencia ni la pasividad de un partido llamado a gobernar en una democracia. Si no son capaces de mantener limpio su patio, cómo confiarles el cuidado del edificio entero. El viejo Fraga, con esa exquisitez que nunca le ha caracterizado pero si con la retranca gallega que siempre ha mantenido, afirmaba, irónicamente supongo, que por Valencia «la cosa no va muy bien.»

Y naturalmente el PSOE a lo suyo aunque sea a contrapelo y fuera de plaza. A falta de iniciativas coherentes y frente a la lluvia de datos y previsiones nada optimistas de instituciones propias y ajenas, ataca al PP donde más le puede doler: en el lío que tiene dentro de casa. Lo hizo González con Suárez y Aznar con González. Esto es así. Lo que ya resulta más anómalo -al menos escasamente constructivo- es que Pajín y Blanco afirmen en Euskadi que del PP no se puede esperar nada bueno y no se puede uno fiar. Hombre -mujer-, semejantes diatribas están bien para Madrid, Sevilla o Toledo, pero soltarlas a bocajarro en un escenario en el que gobiernan gracias a un pacto con el PP, no parece los mas acertado; es del mal gusto y poco práctico. Pero es a lo que se está arriesgando Rajoy, es lo que Rajoy con su tibieza, su bondad o lo que sea, está propiciando. Las comparaciones siempre son odiosas, pero a estas alturas y con lo que ya se sabe la cosa estaría como está si al frente del PP estuviera Aznar, Aguirre o Gallardón.

La ética política y la personal, se diga lo que se diga, son difíciles de casar como muy explicó Max Weber; no son realmente incompatibles, pero en ocasiones hay que elegir entre la bondad de las decisiones sin reparar en sus consecuencias o lo presuntamente injusto de una decisión cuyas consecuencias sean positivas. Pues en eso debe andar Rajoy, sumido en esa doble encrucijada tan difícil de salvar: elegir entre un acto que a él le puede parecer injusto -al menos de momento- pero que sería beneficioso o permanecer fiel a su conciencia personal. Claro que el dilema no es tan sencillo ni afecta sólo a Rajoy: hay muchas cosas que sopesar y muchos votos en juego, muchas presiones en uno y otro sentido. El tiempo lo cura todo, pero hay veces que no actuar a tiempo es un riesgo irrecuperable.

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