Fernando Jáuregui – Rajoy, un hombre honrado, tiene que dar la cara.


MADRID, 7 (OTR/PRESS)

Si hay una persona que no se ha visto salpicada, en el pringoso escándalo del «caso Correa», esa es Mariano Rajoy. El líder del Partido Popular, ya sea por acción u omisión, sale hasta el momento completamente limpio del «affaire», que tiene tintes lamentables, sucios, pretenciosos y hasta ridículos. Son muchos los que están saliendo malparados de la filtración de los sumarios y escuchas policiales, primero, de lo que se va conociendo de la parte del sumario cuyo secreto se ha levantado, ahora. Pero entre estos malparados no está, que se sepa, Mariano Rajoy Brey, aunque no falta algún medio que, sin motivación, trate de que algún fleco caiga sobre la cabeza del presidente del Partido Popular.

Por eso mismo, tiene que ser el propio Rajoy, y no otros notables también incuestionados e incuestionables de su partido, como Dolores de Cospedal, Soraya Sáenz de Santamaría, Antonio Basagoiti -magnífico siempre en sus declaraciones– o Esteban González Pons, entre otros muchos, quien salga a dar la cara. Explicar las cosas. Exigir que caiga quien tenga que caer, ya sea en Madrid, en Valencia, en Galicia o en la placidez de su domicilio particular, que no falta alguna vieja gloria también cuestionada en los diecisiete mil folios que ahora ya van a conocerse y detallarse de manera inminente. Con la que se ha armado, qué será cuando se conozca la totalidad del sumario…

Ya no bastan declaraciones absurdas, ponerse de perfil, declararse «impasible», irritar a los medios de comunicación con salidas de tono cuando, en cumplimiento de su deber, preguntan a los líderes populares por las derivaciones del «Gürtel». Rajoy, Camps y ahora hasta Núñez Feijoo se están equivocando -algo menos, parece, Esperanza Aguirre, que ha cortado las ramas podridas y ha dicho que caiga quien tenga que caer_ en su manera de enfocar las reacciones del partido. Y conste que creo que ninguno de los citados tiene responsabilidad directa ni en algo semejante al lucro personal ni, menos aún, en algo que pudiera relacionarse con una financiación ilegal del PP.

Hay muchas maneras de explicar las cosas. Todo, menos esquivar el bulto; eso ya no es posible. Se pueden justificar algunos contratos con las empresas de Correa y «el bigotes»: otros, habrá que explicarlos. Y por algunos más, alguien tendrá que pagar. Caro. Lo importante ya no es la cuantía de los regalos, que si un reloj de veinte mil euros, que si un automóvil con tapicería de cuero, que si yo lo que quiero es una foto con Obama —¡!–… Lo importante ahora es qué hubo a cambio, en qué se ha engañado o estafado a los españoles, que son, somos, los que pagan, pagamos, todo este derroche de lujos algo horteras.

Ha llegado la hora de que Mariano Rajoy, un hombre de bajo perfil en las encuestas, pero al que muchos creen listo para emprender el áspero ascenso hasta La Moncloa en las elecciones de 2012, ofrezca su verdadera talla a los españoles que dudan si deben votarle. No puede seguir corriendo a esconderse en la madriguera, no puede repetirse el espectáculo de la pasada primavera, cuando ni podía salir a un acto público por temor a que los chicos de los micrófonos le preguntasen por el afortunadamente ya ex tesorero Luis Bárcenas.

Rajoy puede -y, por tanto, debe– dar la cara, aunque se la partan en aras de la defensa de su partido. Pero tiene que ser un partido en el que los ciudadanos confíen. Que no se engañe nadie: el «caso Gürtel», del que aún queda muchísimo por hablar, va a dar muchos disgustos a los «populares», y acabará pasando una factura terrible en las encuestas. A menos, claro está, que, por una vez, Mariano Rajoy, él y no otro, coja el toro por los cuernos.

Tiene que salir en una conferencia de prensa, convocada «urbi et orbe», sin límites ni trampas, a explicarlo todo, a restablecer la sintonía de las gentes en torno a su persona, a despejar cualquier duda de que en la sede de Génova se protege la menor corrupción. Y algo similar tienen que hacer Camps en Valencia y puede que otros en otros lugares, quizá incluidas Castilla y León -tampoco Herrera está en tela de juicio– y Galicia.

Rajoy se juega mucho más que su futuro político en este paso: nos estamos jugando todos, todos, la credibilidad en la clase política, en general. O, en caso contrario, que el desprestigio siga, puede que hasta el despeñadero. No se trata ya de defender a su partido, a esos setecientos mil militantes, a esos más de diez millones de votantes, que creen en lo que el PP representa: empieza a ser una cuestión de patriotismo.

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