Charo Zarzalejos – La misión.


MADRID, 8 (OTR/PRESS)

Hoy Cristo Ancor Cabello será enterrado en su tierra natal. Una mina hizo saltar por los aires el vehículo que conducía por uno de los muchos y peligrosos caminos de Afganistán. El, junto con otros muchos militares españoles y de otros países, estaba embarcado en la «misión». Una «misión», la de Afganistán, que dura ya ocho años y que se inició desde la convicción de que por aquellas ariscas montañas se escondía Bin Laden con la complicidad de los terribles talibanes. Hubo consenso internacional para la presencia de tropas internacionales y la ONU definió la «misión» como una misión de paz para la reconstrucción del país e impedir que cayera en manos de los talibanes.

Han pasado ocho años y los soldados españoles pueden presentar una buena hoja de servicios. Han llevado agua a donde no la había, han alfabetizado a mujeres y niños, han construido carreteras y caminos y nuestros médicos militares han salvado cientos de vidas. Ante estos hechos no cabe más que el orgullo y el reconocimiento. Pero la misión de fondo continúa pendiente. Pero, ¿se sabe realmente cuál es la misión?, ¿se trata de encontrar a Bin Laden?, ¿se trata de acabar con los talibanes?, ¿se pretende llevar la democracia a un país que nunca la ha conocido? A estas alturas nadie es capaz de concretar el objetivo último de la misión y sin objetivos claros no hay triunfo posible.

Vistos los acontecimientos, a muchos ciudadanos les cuesta digerir que lo nuestro sea una misión de paz y humanitaria, aparentemente desprovista de cualquier connotación bélica, lo cual no impide que desde Defensa se hable de «alto riesgo» y no evita que se cobre vidas humanas. Volvemos a las andadas de los debates dialécticos y en la misma medida que el Gobierno evita hablar de «guerra», el PP no duda en calificarlo como tal. Pero no hay que perderse en el bosque de los vocablos. Afganistán es un país sin Estado, con un Gobierno, el de Karzai, tan corrupto como los que siempre allí ha habido y con unos talibanes que controlan el ochenta por ciento del territorio. No es, no se está en una guerra convencional, pero el panorama de Afganistán es lo más alejado que quepa imaginar a un país con un mínimo orden. La situación es lo más parecido que cabe imaginar a una auténtica guerra. Y todo ello sin olvidar esa temible frontera con Pakistán, que se ha convertido en territorio clave para la estabilidad en la zona y, desde luego, para nuestra seguridad. La seguridad de Occidente.

Surgen voces en España y fuera de España pidiendo la retirada de tropas, mientras en EE.UU. su presidente se enfrenta a su primera decisión no mediática. Obama ha pedido tiempo para, en román paladino, ver que se hace de ahora en adelante. España está pendiente de lo que diga Obama. Cualquier decisión unilateral por parte del Gobierno español, abriría una brecha irreversible con la Administración norteamericana y no es esa precisamente la estrategia de nuestro Ejecutivo. Baste recordar la frase de Zapatero que, llevado quizás de una obnubilación casi infantil, dijo públicamente aquello de «no nos preguntemos qué puede hacer Obama por nosotros, sino que podemos hacer nosotros por Obama». No creo que por Obama haya que hacer o dejar de hacer algo. Lo que haya que hacer, habrá que hacerlo con el concierto internacional y desde la convicción de que la «misión» merece la pena.

Mientras los que mandan reflexionan, parece obvio que es impensable una retirada de tropas. Hacerlo sería tanto como decir a los talibanes y a todos aquellos que desprecian nuestro modo de vida _que son muchos_ que nos hemos rendido, que hemos desistido. Y si esto ocurriera, sería perder un terreno que nunca recuperaríamos. Abandonar Afganistán tendría un efecto dominó sobre Pakistán y las consecuencias pueden ser tan temibles que resultan inimaginables.

Habrá que redefinir objetivos para saber cuándo se puede hablar de triunfo; pero, de momento, todo apunta a que la «misión» es una «misión» necesaria para un objetivo que cada día se acerca más a lo imposible. Nosotros, ni podemos ni debemos irnos por desalentador que resulte el panorama. Sólo necesitamos saber para qué estamos y así sabremos por qué mueren nuestros soldados.

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