Rafael Torres – «Al margen» – Más cómodo matar.


MADRID, 12 (OTR/PRESS)

Al fin se ha averiguado para qué puede servir el aeropuerto de Ciudad Real: para traer a las tierras manchegas, sin enojosos transbordos ni dilaciones, a los escopeteros de Europa y aun de Marruecos. Abierta la veda que transforma los campos y las serranías de España en una especie de polígono militar de tiro donde enmudece el canto de los pájaros con la balacera, caen por aquí, como todos los años, las turbas de ricachos de gatillo fácil que se complacen en reventar conejos, jabalíes y venados con rifles de mira telescópica, pero esta temporada los aviones que les traen aterrizaran justo al lado de sus víctimas para mayor confort y rendimiento. Más de trescientos vuelos tendrán como destino, según prevén alborozados los políticos locales, ese aeropuerto en medio de ninguna parte. O eso parecía, que estaba en medio de ningún sitio, aunque ahora se sabe para qué se construyó, aparte de para contribuir al enflaquecimiento de la Caja de Castilla La Mancha.

El aeropuerto de Ciudad Real se vendió como un prometedor auxiliar del de Barajas, pero, claro, estaba en Ciudad Real, a doscientos y pico kilómetros, y ni siquiera cerca, sino más bien lejos, del AVE que conecta la ciudad manchega con Madrid. Pues se hace un ramal del AVE, dijeron sus promotores como podían haber dicho que el metro de La Coruña se podía hacer en Cuenca, donde el subsuelo es más hacedero y compacto. Todo era mentira, se arrojaron miles de millones en la ardentía de aquellos andurriales sin beneficio alguno para la ciudad ni para la región, las pistas de rodadura y despegue quedaron desde el principio tan exentas como el propio paraje, los aviones ignoraban aquél absurdo posadero, pero he aquí que se le ha encontrado, a lo último, una utilidad de gran calado social, la de recibir a los tipos con urgencia de matar. No bien bajen de las escalerillas de esos siniestros aeroplanos con las tripas repletas de escopetas y munición, pueden ponerse a disparar sin mayores dibujos. Desde las Tablas muertas de Daimiel, por ejemplo, podrá escucharse el nutrido silbo de sus detonaciones.

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