Francisco Muro de Iscar – La fiesta de los golfos.


MADRID, 13 (OTR/PRESS)

No sé si Ricardo Costa es inocente o culpable, pero no creo que con su dimisión o su destitución se solucione nada. Pienso que el problema del PP con el caso Gürtel, lo mismo que el del PSOE en otros lugares o el de Convergencia con el famoso «3 por ciento», sobre el que se echó tierra hasta taparlo, o con el asunto Millet, muestran una deriva de la situación política muy preocupante para la salud democrática. Porque, además, a unos y a otros no les importa tanto que se criminalice o se ejemplarice cuanto que se consigan réditos electorales o mediáticos. Todos saben que en la política hay golfos de todos los colores que se han enriquecido a la sombra o bajo las cloacas del poder. Lo peor no es eso, sino que unos y otros -los aparatos de los partidos- conocen la existencia de esas redes y mientras no salen en los papeles y pueden tener un coste electoral, miran hacia otro lado.

En los comienzos de la democracia, la mayor parte de los partidos no tenían ni un duro para los gastos de organización, para alquilar una sede o para las campañas electorales. Son muchos los que se embarcaron con su propio dinero o avalando créditos que luego tuvieron que pagar durante años. Cuando los partidos tocaron poder descubrieron que podían conseguir «impuestos» de terceros -constructores, proveedores diversos- que unas veces financiaban obras públicas a cambio de contratos y otras, campañas o gastos electorales. Quienes recibieron el encargo de «gestionar ayudas», descubrieron que el dinero debía ser para quien lo trabajaba y decidieron que una parte de los ingresos podía ir al partido, pero otra a sus bolsillos. Y cuando el negocio «se profesionalizó», algunos de los gestores se montaron por su cuenta, a la sombra del partido y de sus dirigentes, y se quedaron con todo. O con casi todo, porque siempre hay que devolver algo a quien, directa o indirectamente, te pone el negocio en bandeja.

Lo de Correa era vox populi en el Partido Popular, pero hay otros «Correas» en los otros partidos. Quien se escandalice ahora por los contratos fraccionados de menos de 12.000 euros, que pida las cuentas de cualquier ayuntamiento, diputación, consejería o Ministerio y ya verá lo que es bueno.

Pero todo tiene un límite. Y me parece bien que alguien se niegue a dimitir si cree que ha acatado y cumplido órdenes y que nunca ha ocultado nada. Es decir, que quien lo tenía que saber, lo sabía. Y me parecería mejor que, de una vez por todas, los dirigentes políticos actuaran ejemplarmente ante los indicios fundados de actuaciones que tal vez no sean delictivas -eso sólo lo deben decir los jueces- pero que políticamente son impresentables. Pero eso, en el PP, en el PSOE y en todos los huertos políticos. Lo que tiene que terminar es la fiesta de los golfos. De los golfos de todos los colores. Los ciudadanos se merecen respeto.

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