Antonio Casado – Cese temporal de la convivencia.


MADRID, 14 (OTR/PRESS)

También lo de la infanta Elena y Jaime de Marichalar fue un «cese temporal». En aquel caso, de la convivencia conyugal. En este, de la convivencia política. Algo había de pareja política de hecho y de derecho entre Ricardo Costa y Francisco Camps. El caso es que lo de Marichalar ya va para dos años y lo de Costa, con lágrimas premonitorias, lleva el mismo camino, también por cese temporal de sus relaciones con el presidente de la Comunidad de Valencia, Francisco Camps.

Todo ello, después de una comedia de puertas que se ha venido representando durante los últimos días. Mucho de vodevil, es verdad, pero también bastante de drama. El que se expresa en el gran agujero negro del PP: un sórdido concierto de sinvergüenzas ajenos con sinvergüenzas propios en el papel de colaboradores necesarios de la trama «Gürtel».

Tal y como se han desarrollado los acontecimientos de estos últimos días, el cese «temporal» de Ricardo Costa en sus funciones de secretario general del PP valenciano y portavoz del grupo parlamentario en las Cortes Valencianas responde a un ejercicio de autoridad por parte de la dirección nacional del partido, al comprobar que la dirección regional se había mostrado sensible a las posiciones del propio Camps, un tanto desafiantes.

Sin embargo, las cosas se han envenenado tanto en los interiores del partido que nadie acaba de ver en este gesto de autoridad el síntoma de que Mariano Rajoy, por fin, ha cambiado determinación por indolencia. Eso incluye su negativa a formar una comisión de investigación interna para cotejar la conducta de Costa con la de otros altos responsables del PP valenciano. Se tendrá que conformar con un informe del Comité de Derechos y Garantías del partido, casualmente presidido por la secretaria general, Maria Dolores de Cospedal, que no es precisamente una fan del joven político valenciano.

En resumen, que Ricardo Costa se permitió poner condiciones a sus jefes nacionales y sus jefes regionales. Los segundos no tuvieron la fuerza moral de pararle los pies, pero los primeros se plantaron. Y, al final, ha salido trasquilado, pero añadiendo una sobredosis de confusión al nivel ya reinante antes del extraño cónclave celebrado el martes por los dirigentes valencianos, donde solo hablaron Camps y Costa y donde, según hemos sabido luego, se dio la consigna de aplaudirlo todo.

Expuestos como estamos a cualquier nuevo sobresalto en las filas del PP, la pelota ha vuelto a caer a los pies de Camps y, por elevación, a los de Mariano Rajoy. La insumisión de Costa les ha dejado en mal lugar. Sobre todo a Camps, que ahora puede ser el cortafuegos de Rajoy. Si no, están abocados a recurrir a la fórmula del «cese temporal de la convivencia» entre ellos, que se quisieron tanto. O a la de la convocatoria anticipada de elecciones en la Comunidad de Valencia.

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